dijous, 29 de desembre del 2011

LIBROS LEÍDOS EN 2011

1. Woody Allen, de Florence Colombani (Cahiers du Cinema) **
2. El perquè de tot plegat, de Quim Monzó ***
3. El Aleph, de Jorge Luis Borges (cuentos, Alianza ed.)
 ***
4. Ullals, de Salvador Macip i Sebastià Roig 
***
5. Relecturas: 
Catolicismo y protestantismo (Aranguren) *****; Veo a Satán caer como el relámpago (Girard) *****; El Cantar de los Cantares o los aromas del amor (Mario Satz) *****, Antologia poètica (Joan Maragall, a càrrec de Josep Vallcorba) ***
6. Mitología del mundo, de Roy Willis (redactor general) ***
7. Diccionario de los sentimientos, de José Antonio Marina y Marisa López***
8. Espanya, capital París, de Germà Bel 
*
9. Occidente contra Occidente, de André Glucksmann **
13. Vampiros: de Drácula a Crepúsculo, de Simonetta Santamaria *
17. Arte y arquitectura en España 500-1250, de Joaquín Yarza
21. El intelectual melancólico, de Jordi Gracia *
22. El discurso del cómic, de Román Gubern y Luis Gasca **
23. Tesis sobre Rabindranath Tagore, de Agus Morales
24. Teología de la creación, de Juan Luis Ruiz de la Peña ****

dimarts, 20 de desembre del 2011

‘El protegido’ (2000): la fantasía del hombre inquebrantable

INFORMACIÓN DE LA PELÍCULA EN FILMAFFINITY 
por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 8,5

Si dicen que el doblaje desnaturaliza las versiones originales, no menos adulterantes resultan algunos títulos traducidos bajo el reino de la arbitrariedad o los dudosos criterios promocionales. Porque, en efecto, eso de ‘El protegido’, con su vaguedad semántica y seudomesiánica, empalidece claramente y hasta se diría que disuade a las audiencias frente al verdadero nombre de la obra que nos ocupa de M. Night Syamalan: ‘Unbreakable’, es decir, irrompible, invulnerable, inquebrantable (¡cuánto y cuan conciso léxico castellano ha sucumbido víctima del márketing!).

Cerrado este breve prolegómeno lingüístico, que tanto regocijará a los guardianes de las esencias cervantinas, nos corresponde desempolvar y aquilatar esta grandísima película estrenada hace ya más de una década, eclipsada (injustamente) por su inmediata antecesora, ‘El sexto sentido’, que consagró (justamente) al cineasta indoamericano y que aún sigue siendo, junto a ‘El bosque’ y en menor medida ‘Señales’, su gran capital para pagar pecados artísticos tan aberrantes como ‘La joven del agua’ o ‘El incidente’.

¿Qué pasaría si los héroes de cómic fueran dramáticamente reales? Lanzada hacia esta osada premisa, la historia de ‘El protegido’ (vamos a comprar de mala gana su denominación comercial), nos cuenta cómo un mediocre guardia de seguridad llamado David (Bruce Willis), se salva milagrosamente de un siniestro ferroviario, lo que le convierte en un héroe extraño a ojos de su ex mujer (fantástica Robin Wright Penn) y de su admirado hijo pequeño.

Lejos de cualquier lectura complaciente o aventurera, esta posibilidad del mito viviente, del semidiós o Aquiles urbano del siglo XXI, aparece como un arduo descubrimiento existencial: David se siente solo, le apesadumbra constatar que jamás ha estado enfermo ni ha perecido en accidente alguno, y siente una imperiosa necesidad de respuestas para su prodigioso historial de invulnerabilidad. Como dice Victor Frankl, no se trata de preguntarnos qué queremos de la vida (esa apelación ciega a una libertad sin contenidos), sino de preguntar a la vida qué quiere de nosotros, a qué estamos llamados, una emergencia de la vocación que en el caso de los salvadores del mundo puede resultar un doloroso yugo.

La respuesta al héroe atormentado llegará justamente de su figura antagónica: un hombre sin familia, de raza negra, físicamente postrado y habitante excéntrico del mundo de las viñetas. Elijah, el intrigante galerista interpretado antológicamente por Samuel L. Jackson, protagonista de un impresionante giro final que no desvelaremos, confirmará a David como Unbreakable y reconocerá en él la viva encarnación del superhéroe anunciado en las sagradas escrituras del cómic norteamericano. Un superhéroe silencioso, modesto, mundano, esforzado padre divorciado, sin capa ni visión rayos X y apenas distinguido entre la multitud con su icónico chubasquero. Irrompible en medio de la precariedad. Una oscura fantasía quizá más tentadora que nunca en este mundo que últimamente se empeña en parecer una empresa de derribos.

dissabte, 17 de desembre del 2011

Nada de pretensiones por aquí, nada de píxeles por allá: ‘El Ilusionista’

LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LABUTACA
por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7
Atención, la animación tradicional no ha muerto. Un telegrama desde la vieja Francia nos informa que el dibujo manual aún da vigorosas señales de vida, a pesar de los denodados esfuerzos de tantas mafias digitales que querían verlo enterrado antes de la próxima década. Y como quiera que la noticia llega del corazón de esta Europa nostálgica y entristecida en su monetaria crisis de identidad, el relato nos lleva unas cuantas décadas atrás: a los prolegómenos de los años sesenta, cuando Microsoft, Apple y Pixar no estaban ni se les esperaba.

Un viejo mago, rescatado de los cajones del cómico Jacques Tati (retomando un guion que nunca llegó a realizar) es el desacostumbrado antihéroe de esta historia sin apenas diálogos, dibujada con una sensibilidad cautivadora. Seguiremos las andanzas del flemático ilusionista por los escenarios europeos, para aquel entonces ya más pendientes del boom rockero que de los consabidos espectáculos con conejo y chistera; ahí está el gag del mago esperando pacientemente su turno, mientras unos sucedáneos de Los Beatles prorrogan una y otra vez su visceral actuación, y él va sacando y sacando paquetes de cigarrillos. (Otro momento antológico: el protagonista peleándose con un coche mientras trabaja en un aparcamiento para sacar unas perrillas; pura poesía cómica).

El director y animador Sylvain Chomet ignora olímpicamente cualquier atisbo de parodia, de trituradora pop, de trampantojo romanticoide o de cualquiera de los vicios tan extendidos en la animación contemporánea. En vez de eso, se toma su tiempo, un tiempo lento y parsimonioso, elegante y seguro de sí mismo, bien anclado en la añeja comedia realista, para filmar el encuentro del ilusionista con una humilde adolescente escocesa, trabajadora de una muy viril taberna marinera, donde quedará prendada del mundo mágico de ese visitante talludo y decidirá seguir sus pasos como si de un segundo padre se tratase.

Puede que muchos bostecen a placer ante este tiovivo silencioso de colores tamizados y gestos sutiles, donde apenas pasan cosas en el sentido más electrizante y palomiteramente disfrutable del término, más allá del constante juego al escondite entre la pupila encandilada y el mago empeñado en recuperar su melancólica soledad por esos mundos ferroviarios y brumosos. Lo cierto es que ‘El ilusionista’, con modestia franciscana, hace honor a su título y, por un instante, consigue hacernos desaparecer del presente. Chas.

divendres, 16 de desembre del 2011

"La partícula de Déu juga a fet i amagar amb els investigadors"
('REGIÓ 7', 14 DESEMBRE 2011)
LLEGIR MÉS TITULARS POÈTICS


dimecres, 7 de desembre del 2011

La furia del crítico

IGNACIO ECHEVARRÍA
“¿A quién interpela uno cuando se siente víctima de un adelantamiento peligroso o de un frenazo imprevisto? ¿Al automóvil o a su conductor?”
Del mismo modo, quizá “un crítico es un tipo corriente que, con un libro en las manos, se transmuta en celoso guardián” y “después de maltratar un libro, podría mostrarse amable” con el autor: “en rigor, no es nada personal”

(…) ¿A quién interpela uno cuando se siente víctima de un adelantamiento peligroso o de un frenazo imprevisto? ¿Al automóvil o a su conductor? 

La respuesta queda lejos de ser sencilla. Resulta absurdo pretender que imprecamos a una máquina. Pero, en rigor, tampoco insultamos a una persona física, real, sino más bien a un ente mixto, que existe únicamente en cuanto la persona ejerce como conductor y se halla dentro de su auto.

Recuerdo ahora un viejo corto de animación de la factoría Disney. Lo protagoniza Goofy. El corto se titula Motor Mania, y es del año 1950. Se puede encontrar fácilmente en YouTube, véanlo, es gracioso. Goofy es allí un escrupuloso y pacífico ciudadano incapaz de pisar una hormiga. Una vez sentado a su auto, sin embargo, sufre una transformación como la del Dr. Jekyll en Mr. Hyde y se convierte en una especie de demonio, infinitamente susceptible y agresivo. 

Pongamos que, en el peor de los casos, el crítico sea como Goofy. Un tipo corriente que, sin embargo, con un libro entre las manos, y puesto en situación de leerlo con vistas a pronunciarse públicamente sobre él, se transmuta en celoso guardián de su propia concepción de la buena literatura y exacerba su susceptibilidad hacia todo lo que la confirma o la contraría. Del mismo modo que, en esta tesitura, él deja de lado al ecuánime ciudadano que suele ser, los ataques que entonces prodiga no van dirigidos al -a su vez- pacífico ciudadano que se aloja en el libro en cuestión, no al menos en cuanto sujeto independiente, aislable del libro mismo. Después de maltratar por escrito su libro en las páginas de un diario, podría coincidir con él en un ascensor y mostrarse reverencioso y amable, sin ninguna hipocresía. 

Y es que no se trata, en rigor, de nada personal. 

Cómo explicarlo. 

IGNACIO ECHEVARRÍA SUPLEMENTO ‘EL CULTURAL’ DE ‘EL MUNDO’, 2/12/2011
FOTO: GOOFY EN EL CORTO ’MOTOR MANIA’

dijous, 1 de desembre del 2011

'Un método peligroso': la guerra fría del inconsciente

LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LABUTACA
por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 6,5

Sigmund Freud está en el olimpo del siglo XX. Para bien o para mal, el padre del psicoanálisis tiene la categoría de icono pop, y su efigie barbuda, puro en mano, compite con el Che Guevara o con la mismísima Marilyn Monroe (cuyas faldas aireadas quizá hubieran enriquecido las tesis sobre la libido). Leído o sabido, conocido o malconocido, tanto o más adulterado que los arriba citados, Freud no necesita presentaciones. Por eso uno de los méritos de la fría película de David Cronenberg y por ende de la obra teatral que le precede, es reivindicar en la gran pantalla a su alumno más brillante, el que osaría romper las tablas para emprender su propio camino: Carl Gustav Jung.

Fenomenalmente interpretado por Michael Fassbender, Jung aparece como la quintaesencia del intelectual inquieto y maravillado: frente al cinismo petulante de su maestro austriaco, convencido del origen sexual de todos los trastornos humanos (no menos magnífico Viggo Mortensen), el pupilo suizo siente el empeño juvenil ya no de diagnosticar, sino de convertir a los pacientes en aquellas personas que realmente desean ser, lo que le valió y le sigue valiendo acusaciones de chamán y santón. El inconsciente no es para Jung el cuarto oscuro de los traumas sino nada menos que “la simiente de la personalidad” (Ira Progoff); no un vertedero sino un mundo en potencia.

Agarrando por los cuernos el meollo teórico aunque sin terminar de atar los cabos, ‘Un método peligroso’ se centra en el careo teatral entre los dos genios, que llenan el metraje de una densa verborrea, alguien dirá que poco cinematográfica, si bien Cronenberg esculpe momentos de alta maestría escénica; ahí está el experimento al que Jung somete a su esposa, donde la asociación automática de palabras revela un matrimonio herido y disfuncional. 

Y, en medio del fuego cruzado, Kira Knightley encarna con una entrega admirable a la joven neurótica y sadomasoquista que sacudirá definitivamente sus seguridades familiares e intelectuales. Una amante perturbadora, de cuño quizá demasiado tópico, pero que bien podría personificar el ánima teorizada por el suizo, es decir, “lo vivo en el hombre", aquello que "convence de cosas increíbles para que la vida sea vivida” y que pone trampas constantes para que el hombre no se despegue de la tierra y se arañe hasta sangrar si es preciso. Habla Jung: “Si no fuera por la vivacidad y la irisación del alma, el hombre se habría detenido dominado por su mayor pasión: la inercia”.
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