dissabte, 13 de març del 2010

'Pájaros de papel': Había una vez un cine que buscaba siempre el lagrimón


LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA

por JOAN PAU INAREJOS

Nota: 6

Más que un propósito, el debut cinematográfico de Emilio Aragón tiene una necesidad: la necesidad acuciante, en todo momento subrayada, de emocionarnos, de tocarnos las fibras sensibles. Desde el minuto cero, 'Pájaros de papel' se lanza a excitar los lagrimales de platea, y ya se sabe que eso no es algo que se pueda menear demasiado sin provocar cierta irritación.

Los diálogos, los primeros planos, la banda sonora -hermosa hasta el almíbar-: todo en este homenaje a los proletarios de la farándula busca nuestra respuesta emotiva, empezando por ese Imanol Arias convertido en un santo laico de la España televisiva y del progresismo de sofá.

El eterno Antonio Alcántara ('Cuéntame') es un pedazo de actor, intenso y humanísimo, y lo vuelve a demostrar con creces; es un valor seguro, y Emilio Aragón -hábil conocedor del público- no lo desaprovecha. Le acompaña otro intérprete en estado de gracia: Lluís Homar convence hasta el tuétano con su personaje de cómico homosexual, tímido y cobarde, cariñoso y entrañablemente corriente.

Entre estos dos hombres, que se abrazan, duermen juntos y se añoran en un infrecuente homenaje a la amistad masculina, revolotea un pequeño genio: Roger Príncep ('El orfanato') nos hace olvidar a tantos niños repelentes del celuloide y eclipsa a muchos adultos con su veraz interpretación de un huérfano travieso y parlanchín.

Jorge, Enrique y Miguel son los auténticos pilares de 'Pájaros de papel', y son ellos los que más y más eficazmente elevan la temperatura emocional de una película, que, por lo demás, parece renunciar a toda originalidad en favor de un desfile de clichés: una Guerra Civil maniqueista y complaciente (mil veces vista en el cine español), un hombre viudo y otoñal que se encariña con un niño, una historia de artistas perseguidos por el régimen (casi con ecos de 'Sonrisas y lágrimas'), unos malos malísimos que infiltran a uno de los suyos, una visión de la guerra a través de los ojos infantiles y circenses (¿resonancia ibérica de 'La vita e bella' de Benigni?)... suma y sigue.

A 'Pájaros de papel' no la faltan sus momentos de truculencia gratuita y de sensacionalismo dramático: véanse los cuerpos mutilados por las bombas o determinadas muertes filmadas a bombo y platillo, como quien escribe "TRAGEDIA" en letras mayúsculas y chirriando sobre la pizarra.

Entre tanto regodeo, la película acaba acusando un metraje a todas luces excesivo, típico de los autores que sólo tienen una cosa que decir y se dedican a enfatizarla una y otra vez en una apoteosis del cuento lineal y previsible.

Suerte que en una escena final -que no desvelaremos- 'Pájaros de papel' hace un acto de honestidad y pone las cartas boca arriba. "No; -parece decirnos el director- no he querido innovar ni entrar en la historia del cine, sino simplemente homenajear a los míos, levantar un monumento a los que han hecho feliz a tanta gente. Por ello, y por haber facturado una película pese a todo disfrutable, humana y bellamente mimada en su competente puesta en escena, Milikito tiene los papeles en regla.

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Neu a Montserrat




divendres, 5 de març del 2010

'La cinta blanca' (y negra)


LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA

por JOAN PAU INAREJOS

Nota: 7,5

He aquí una magnífica cinta descriptiva, psicológicamente penetrante, socialmente implacable, sobre la Alemania profunda de principios del siglo XX. Más allá de su discurso o sus pretensiones, la validez artística de 'La cinta blanca', su carácter de gran retablo naturalista, es lo que la justifica y aquilata como obra cinematográfica de primera división.

Michael Haneke pasea su cámara paciente y su filtro en blanco y negro por las reprimidas individualidades de una aldea rural, donde los niños crecen -y se pervierten- bajo una atmósfera protestante fatídicamente estricta y justiciera. El reverendo, el médico, el maestro, la nodriza, todos ellos emergen intensamente dibujados como pilares de una sociedad enferma y agrietada, opresora de los sentimientos y la espontaneidad, que sitúa el trabajo y la cosecha en el centro del cosmos moral.

En esta pequeña mónada, para sorpresa y escándalo de los mayores, irrumpirán una serie de crímenes crueles, en lo que cabe interpretar (?) como una vaga metáfora de la gestación del nazismo, o, como mínimo, del oscuro resentimiento germano que condujo a las guerras mundiales. El ánimo narcisista, autoritario y vengativo que -aunque no sea grato a los oídos políticamente correctos-, anida fácilmente en las infancias menos vigiladas. La niñez no es sólo azúcar y peluche.

Si hubiera que ponerle algún pero, 'La cinta blanca' quizá discurre con dosis abusivas de ambigüedad y atonía. Nadie le quita un ápice de finura y elegancia a ese retrato de los pequeños diablos, ni el mérito en la creación de atmósferas, pero una vez presentados los personajes y los escenarios, se echa en falta algo parecido a una catarsis, o algo que nos ayude a entender y cimentar estos brotes de crueldad, que flotan en un territorio de nadie entre el estudio psicológico, el fresco social y la alegoría histórica. Francamente, cuesta de ver el tenue hilo que, supuestamente, comunica la neurosis de un pequeño pueblo alemán con los tanques y trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Está bien que el arte sea implícito y que la procesión vaya por dentro, pero aquí, entre tanta frialdad luterana, dan ganas de arrancarse con una saeta.

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divendres, 26 de febrer del 2010

'Shutter Island': soberbia paranoia


LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA

por JOAN PAU INAREJOS

Nota: 9
El mayor placer de la narración, su goce atávico, es sentirse conducido a lugares desconocidos donde ocurrirán cosas imprevistas. Por eso una gran película y una gran novela son siempre superiores al mejor de los videojuegos; porque el espectador no es quien maneja los mandos, sino la dichosa víctima de un engaño formidable, de una aventura -como la vida misma- de porvenir ignoto.
Lo dice un inglés ilustre, Gilberth Keith Chesterton: "Si el hombre tuviera el control de todo, habría tanto héroe que no habría novela". Y otro insigne británico, Alfred Joseph Hitchcock, resucita milagrosamente en 'Shutter Island', una isla sombría que da nombre a este thriller deslumbrante ambientado en los conspiranoicos años cincuenta.
Martin Scorsese se ha lucido. En todas las categorías. Con un seductor arranque policíaco -unos agentes judiciales recalan en una isla para investigar una desaparición- el director de 'Taxi driver' va urdiendo una trama psicológica donde nada es lo que parece y donde la realidad detectivesca se va confundiendo con la ¿ficción? de un siniestro manicomio, un Show de Truman psiquiátrico donde el hombre lucha contra el decorado y busca las bambalinas de su propia película.
La intriga y los giros constantes del guión mantienen una tensión de hierro, sin arrugas ni paréntesis, y ello acontece con un reparto en estado de gracia divina: Ben Kingsley y Max Von Sydow arrollan como inquietantes doctores de almas, el joven Mark Ruffalo ejerce de perfecto compañero ambiguo y Patricia Clarkson saca virutas de oro a su breve papel de perturbada confidente. (En medio de todos ellos se yergue Leonardo di Caprio, con quien tengo algo personal, ya que incluso dejándose la piel y enloqueciendo admirablemente, no puedo evitar ver a un niño empollón muy voluntarioso).
Además, 'Shutter Island' viste sus dos horas largas con un diseño de producción sobrecogedor: la isla tormentosa, con sus oleajes barrocos y efectistas, está filmada con geniales claroscuros, por ella se concatenan desasosegantes tomas picadas y contrapicadas, primeros planos soberbios, con miradas angustiadas y pupilas dilatadas que nos retrotraen al cine clásico, alucinaciones rodadas con una abrupta estética surreal e interiores detallistas hasta el delirio, donde una envolvente música clásica espolea la incertidumbre y los fantasmas interiores: la culpa, el crimen, el luto.
Y por si fuera poco, Scorsese consigue algo parecido a una encarnación cinematográfica de la locura cuando nos sitúa físicamente en el "Pabellón C". Tan icónico y aterrador como la casa de Norman Bates ('Psicosis'), este módulo permite que nos adentramos en los oscurísimos laberintos de la demencia, con hombres desnudos que murmuran revelaciones sobre nuestra identidad y peleas cuerpo a cuerpo donde no se sabe quién es el perseguidor y quién el perseguido, quién el extraviado y quién el mensajero de la verdad. Han comparado el inconsciente con una caja negra o con un fondo lacustre, pero quién sabe si Freud (y Dostoyevski) hubieran celebrado el "Pabellón C" como su más acabada plasmación.
Por su virtuosismo narrativo, por su intensidad psicológica (turbulenta y polimorfa) y sobre todo por rescatarnos el cine de gigantes en plena Era Liliput, más que óscars, el viejo Scorsese merecería un profundo y sincero abrazo.