dijous, 2 d’abril del 2015

La tregua

Mario Benedetti
La tregua (1960)

el jubilado
A veces pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo. (…) Se acabó la oficina. Desde mañana y hasta el día de mi muerte, el tiempo estará a mis órdenes.

el viudo
Sé que tenía ojos verdes, pero no puedo sentirme frente a su mirada. (…) si bien soy incapaz de reconstruir (con mis propias imágenes, no con fotografías o recuerdos de recuerdos) el rostro de Isabel, puedo en cambio volver a sentir en mis manos, todas las veces que lo necesite, el tacto particular de su cintura, de su vientre, de sus pantorrillas, de sus senos. ¿Por qué las palmas de mis manos tienen una memoria más fiel que mi memoria?

¿el padre coraje?
Salir adelante con mis hijos era una obligación, el único escape para que la sociedad no se encarara conmigo y me dedicara la mirada inexorable que se reserva a los padres desalmados. No cabía otra solución y salí adelante. Pero todo fue siempre demasiado obligatorio como para que pudiera sentirme feliz. (…) además está el deber, el deber de padre y madre. Tendría que ser ambos a la vez y creo que no soy nada.

triste con vocación de de alegre
Blanca tiene por lo menos algo de común conmigo: también es una triste con vocación de alegre.

vida en pareja
El plan trazado es la absoluta libertad.

el viejo y la joven
Usted tiene todas las condiciones para concurrir a mi felicidad, pero yo tengo muy pocas para concurrir a la suya. (…) «Pero si usted todavía es un hombre joven». Todavía. ¿Cuántos años me quedan de «todavía»? Tenía veinte años y era joven; tenía treinta y era joven; tenía cuarenta y era joven. Ahora tengo cincuenta años y soy «todavía joven». Todavía quiere decir: se termina. (…) Tenemos que apurarnos hacia el encuentro, porque en nuestro caso el futuro es un inevitable desencuentro. (…) Todos sus Más se corresponden con mis Menos. Todos sus Menos se corresponden con mis Más. (…) su única enemiga puede ser la muerte (…) mi único enemigo es el Hombre, el Hombre que está en todas las esquinas del mundo.

la respuesta es otra pregunta
«Por favor, no me acribille con esas miradas de expectativa». «No tengo otras», contesté, como un idiota. «Usted quiere saber mi respuesta», agregó, «y mi respuesta es otra pregunta».

beso con personalidad
sus dos brazos emergieron en lo oscuro y se apoyaron en mis hombros. Debe haber visto ese preparativo en alguna película argentina. Pero el beso que siguió no lo vio en ninguna película, estoy seguro.

el desconocido
Se empecinó en reconstruirme pormenores, en convencerme de que había participado en mi vida.

la perrita
Vino a recibirme una perrita desteñida, con cara de solterona. Me miró sin olfatearme, luego se despatarró y cometió el clásico delito de lesa alfombra.

el novio ausente
Yo creo que después de haberme confesado que tenía novio, se sintió más defendida e interpretó mis preguntas como un interés casi paternal.

eternamente joven
Siempre tuve la secreta impresión de que él iba a ser joven hasta la eternidad. Pero parece que la eternidad llegó, porque ya no lo encuentro joven.

tipos de rubor
creo que estoy enamorado de usted». Esperé unos instantes. Ni una palabra. Miraba fijamente la cartera. Creo que se ruborizó un poco. No traté de identificar si el rubor era radiante o vergonzoso. Entonces seguí: «A mi edad y a su edad, lo más lógico hubiera sido que me callase la boca; pero creo que, de todos modos, era un homenaje que le debía. (…) Estaba allí, indefensa, es decir, defendida por mí contra mí mismo.

discutir para admirar
En realidad, le llevaba la contra por el puro placer de oírlo afirmarse.

orgullo femenino
Me miraba con una ironía tan segura, que parecía la depositaria de toda la dignidad femenina de este mundo.

el nombre de la amada
ella estaba conmigo, podía sentirla, palparla, besarla. Podía decir simplemente: «Avellaneda». «Avellaneda» es, además, un mundo de palabras. Estoy aprendiendo a inyectarle cientos de significados y ella también aprende a conocerlos. Es un juego. De mañana digo: «Avellaneda», y significa: «Buenos días». (Hay un «Avellaneda» que es reproche, otro que es aviso, otro más que es disculpa.) Pero ella me malentiende a propósito para hacerme rabiar. Cuando pronuncio el «Avellaneda» que significa: «Hagamos el amor», ella muy ufana contesta: «¿Te parece que me vaya ahora? ¡Es tan temprano!». Oh, los viejos tiempos en que Avellaneda era sólo un apellido, el apellido de la nueva auxiliar (…) Entonces mi mirada la envolvió, mucho mejor que la frazada; en realidad, no era independiente de mi voz, que ya había empezado a decir: «Avellaneda». Y esta vez me entendió perfectamente.

la playa vacía. el mar
Nos sentamos en la arena. Así con la playa vacía, las olas se vuelven imponentes, son ellas solas las que gobiernan el paisaje. (…) Una presencia móvil pero sin vida. Una presencia de olas oscuras, insensibles. Testigo de la historia, testigo inútil porque no sabe nada de la historia. ¿Y si el mar fuera Dios? También un testigo insensible.

economía de los abrazos
me dio un abrazo, uno de esos abrazos que ella no derrocha y que por eso mismo son más memorables.

la hija y la novia
Está entusiasmada con Blanca. «Nunca imaginé que fueras capaz de tener una hija tan encantadora.» Me lo dice más o menos cada media hora. Esta frase y la de Blanca («Nunca creí que supieras elegir tan bien») no hablan muy amablemente de mí, de la confianza retroactiva que ellas depositaban en mis respectivas capacidades de generar y de escoger.

dónde está el alma
Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo.

psicología de la oficina
En las oficinas no hay amigos; hay tipos que se ven todos los días, (…) que murmuran del Directorio en general y adulan a cada director en particular.

aleluya
Me recibieron como a un salvador: con todos los problemas sin resolver.

jefes y empleados
Una vez, hace muchos años, le oí decir al más viejo de ellos: «El gran error de algunos hombres de comercio es tratar a sus empleados como si fueran seres humanos». Nunca me olvidé ni me olvidaré de esa frasecita, sencillamente porque no la puedo perdonar. No sólo en mi nombre, sino en nombre de todo el género humano. Ahora siento la fuerte tentación de dar vuelta la frase y pensar: «El gran error de algunos empleados es tratar a sus patrones como si fueran personas».

palabras más sinceras que los pensamientos
me había ido desacostumbrando a la sinceridad. Incluso es probable que sólo en forma esporádica la practicara conmigo mismo. Digo esto porque alguna vez, en estos diálogos francos con Avellaneda, me he encontrado pronunciando palabras que me parecían más sinceras aún que mis pensamientos. ¿Es posible eso?

escribir o no escribir
Comimos. Hablamos. Reímos. Hicimos el amor. Todo estuvo tan bien, que no vale la pena escribirlo. (…) Entonces me contó los últimos días, las últimas palabras, los últimos momentos de Avellaneda. Pero eso nunca será anotado. Eso es Mío, incorruptiblemente Mío. Eso estará esperándome en la noche, en todas las noches, para cuando yo retome el hilo de mi insomnio, y diga: «Amor».

instante eterno
No es la eternidad pero es el instante, que, después de todo, es su único sucedáneo verdadero.


* Los títulos que encabezan los fragmentos son del autor del blog

diumenge, 29 de març del 2015

'El año más violento': ¿mafioso yo?

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7,5

Atrapar el espíritu de una época no es fácil. Jeffrey McDonald Chandor lo consiguió en ‘Margin call’, una de las mejores películas sobre la génesis de la crisis financiera de finales de los 2000 –mucho más eficaz e incisiva, por ejemplo, que la sobrevalorada ‘El lobo de Wall Street’. Esta vez nos lleva a la América de principios de los ochenta para condensar lo más oscuro y larvado de aquella sociedad que se entregó al sueño del reaganismo.

Oscar Isaac -todo un hallazgo- conquista al público con su mirada oscura y es inevitable, como se ha dicho, no ver en el cejudo actor guatemalteco una especie de resurrección del Michael Corleone encarnado por Al Pacino. A Abel Morales, el altivo empresario del combustible al que da vida, seguramente le horrorizaría esta comparación, ya que se empeña en demostrar a los demás y a sí mismo que no es un mafioso ni un corrupto. Lo dice con sus andares, con su amanerado abrigo amarillo. No es como ellos.

La aparente respetabilidad del protagonista, el anhelo por medrar de este hispano obsesionado con la idea utópica del éxito Made in USA, es lo que distingue ‘El año más violento’ de la mayoría de padrinos que pululan por el género. Nuevos tiempos, corbata y revolución conservadora. Por supuesto, esta quimera sólo se puede edificar sobre una gran hipocresía, sobre un cinismo casi inconsciente de sí mismo. El álter ego del soberbio Abel es su mujer -Jessica Chastain-, nativa americana mucho más pegada a la cruda realidad, imprescindible puente de enlace con el mundo de lo ilegal.

Con todo, lo mejor es la majestuosa dirección de J. C. Chandor, altamente magnética, trágica, llena de poderosos claroscuros, a la altura del mito Coppola. La escena de la persecución en la ciudad, con esa caza del hombre tan física, implacable y jadeante, se merece un pequeño Oscar, lo mismo que esos oscuros cónclaves criminales con el concurso de judíos ortodoxos. O cierto momento de catarsis, con el clan Morales a punto de lograr su sueño americano, contemplando Nueva York todavía con las Torres Gemelas, ignorando que alguien, a sus espaldas, puede estar a punto de estropeárselo. O no.

‘THE MOST VIOLENT YEAR’, de J. C. CHANDOR
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La barbería

Joan-Pere Viladecans
'Rostros contra el tiempo', La Vanguardia 20/3/2015


Así eran los barberos antes de llamarse peluqueros o psicoestetas. A un paso entre el psicólogo y un confesor. Entre el chafardeo profesional y el vocacional. Los caballeros se arreglaban el cabello, algunos se afeitaban a brocha y navaja, y a algún fachilla le recortaban y daban tinte al bigote. “¿Una monedita para la radio?”. Brillantina y loción con masaje, aparte. Dicen que los varones salían con la autoestima en ristre, la moral encajada ... y con todo un sábado por delante. Antes de lo hipster, a las señoras les gustaban rasurados, perfilados de patillas y con el cogote descendido. Eran tiempos en que, aún, “la cara era el espejo del alma”; hoy, la cara va por un lado y el alma por otro.

divendres, 27 de març del 2015

Amic que ja no em recordes

Joan Pau Inarejos
No: no tens cap atac d’amnèsia, ni et corca cap malaltia de nom alemany. N’hi ha hagut prou amb el pas del temps perquè senzillament, inevitablement, no em recordis. No en tens cap culpa. Tu ja no necessites el meu nom propi en el currículum vital, però jo, durant un temps, passejava el teu amb triomfalisme infantil. El meu amic.

Sé que t’agradava ‘Give it up’, i t’emprenyaves si no la posaven a la discoteca de la casa de colònies –ara que hi penso, un lloc ben ambigu: discoteca amb professors, quan encara no teníem edat per sortir de nit–. Sé que t’agradava el bàsquet i que et negaves a participar de l'absolutisme futbolístic a l’hora del pati. Els que no jugàvem a l'esport rei (o a cap, en el meu cas) érem integrants d'un corrent minoritari condemnats a entrendre’ns.

Tu ja no em recordes, però jo tinc ben present la teva silueta llargaruda, com una referència infal·lible enmig del caos de l’esbarjo, o en el moment hipercompetitiu de fer això que en dèiem una fila índia (i ara em ve a la memòria que els agosarats que no seguien les normes eren estigmatitzats com a colons, per acabar d’arrodonir l’al·legoria indigenista). Recordo que ta mare i tu éreu pastats, i em sembla que jo li queia bé, a les mares els agrada que els amics dels fills siguin nyicris estudiosos i previsibles sense vel·leïtats violentes.

Eres alt, però no gaire fort, i ja se sap que els dèbils tendim a desenvolupar una moral compassiva. Les baralles i els duels prepúbers no eren per a nosaltres. Recollíem boles de paper de plata quan ningú no ho volia fer. Fins i tot, contravenint el purisme de les germandats masculines, acceptàvem noies en el nostre cercle, amb interessos més o menys amicals, amb fantasies més o menys compartides. Espero que no recordis, sisplau, aquella cosa vergonyant que vam anomenar El Club de la Risa, vagament inspirada en les colles pessigolles dels dibuixos animats

Avui et veig a Facebook compartint vida amb gent molt gran i estranya, com si t’haguessis escapat del teu lloc natural que és aquell lapse juganer entre els meus set i dotze anys. Tu ja no et recordes de mi, esclar, però jo retinc a la memòria, com un dolor prematur o un ritu d’iniciació, el moment en què ens van separar de classe i tu vas passar a aquell col·lectiu innominable, que tan menyspreàvem, catalogat amb la segona lletra de l'alfabet. A certes edats, A o B implica tanta distància dramàtica i patriòtica com dos països en l’etapa adulta. Ser del B era una baixesa que mai ens succeiria a nosaltres.

Després, les velocitats hormonals i la meva incorregible mania de no cuidar les amistats van fer la resta. No ens hem vist més, i si ens hem vist no ens hem saludat, i si ens hem saludat un dels dos no queia en qui era l’altre, o no el reconeixia de lluny. Avui ens sentiríem com dos paios extravagants si intentéssim reconstruir els nostres antics i fortuïts lligams escolars. Per això, perquè no vull trencar el vidre analògic de la meva infantesa, t’he visitat uns instants amb el ratolí, he posat els dits sobre el teclat i he decidit no dir-te res.

dilluns, 23 de març del 2015

'Negociador': el difícil pacto entre humor y violencia

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 6

A ETA le ha llegado su momento desmitificador. Siguiendo la máxima woodyalleniana que define la comedia como “tragedia más tiempo”, ha bastado el afortunado cese de la violencia y unos años de pacificación social esperemos que definitiva para que los ironistas desenfunden el estilete. Tenía que pasar. Para ser justos, el humor vasco lleva años caricaturizando sin piedad a los villanos encapuchados, pero todavía quedaba algo más delicado por hacer: reírse de los héroes.

El título no engaña: más que a los terroristas o a sus adláteres, la nueva comedia de Borja Cobeaga se dedica sobre todo a desdivinizar y desdramatizar a los hombres de Estado encargados de neutralizarlos. Los tópicos euskaldunes no salen tan mal parados como el mito del estado de derecho y sus resueltos enviados especiales. Ese Negociador con ene mayúscula, que tendemos a imaginar como un inteligentísimo estratega, con el país en la cabeza y un único y metódico objetivo, se convierte en un prosaico mortal cuando toma las facciones de Ramón Barea.

El bilbaíno presta su facha quijotesca a este personaje singular, dicen que inspirado en el socialista Jesús Eguiguren, y cuyas peripecias están libremente basadas en las reuniones secretas mantenidas con la banda terrorista en los años 2005 y 2006. Un señor que, admitámoslo, parece más movido por el aburrimiento o la autoestima gallinácea que por los honorables objetivos de la democracia y la libertad. Lo más interesante de ‘Negociador’ es su mirada, su enfoque. No sólo porque adopta el insólito punto de vista del negociador, sino porque se centra, además, en los aspectos más humanos y menos políticos del protagonista: los primeros planos sobre su cara, sus tristes arrugas, su atuendo desaliñado. Escenas que resaltan su soledad, su apetito bovino, su ingenuidad o su increíble desconocimiento de las nuevas tecnologías más elementales (cierta melodía de móvil viejuno acude siempre para romper cualquier momento importante con su sonsonete insoportable).

Aunque Cobeaga se aleja, y mucho, del trazo grueso que empleó en ‘Ocho apellidos vascos’ -de la que fue guionista-, su retrato del don nadie metido a negociador no puede evitar caer también en sus propios tópicos. Los guiños mujeriegos y borrachines chirrían un poco con el fondo realista e incluso dramático que se pretende dar a la historia, lo mismo que esos diálogos esquemáticos en la mesa de negociación, con algún que otro gag regional previsible, ante la cara de estupefacción del mediador anglosajón. ‘Negociador’, en fin, parece mejor pensada que hecha, sus intenciones se antojan más loables que su irregular resultado, a medio camino entre la disección desapasionada y el alma de sitcomque se acaba colando inevitablemente por los resquicios (véase la escena en el restaurante con Secun de la Rosa: cuando gana en risa pierde en credibilidad). El conjunto decepciona un poco, nos quedamos esperando alguna catarsis o algún plano memorable, pero está bien que Borja nos recuerde una obviedad sepultada por los titulares y la propaganda: los buenos y los malos son igual de humanos... para chasco de sus respectivas parroquias.

‘NEGOCIADOR’, de BORJA COBEAGA
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divendres, 20 de març del 2015

'Calvary': sant Brendan Gleeson

per JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7,5

Els germans McDonagh han demostrat amb escreix que són uns monstres fílmics, cineastes capaços de construir un món propi, meravellosament sarcàstic i pervers, magistralment manufacturat, amb regust de fusta, wkisky i taberna irlandesa. Amb ressons criminals, religiosos, amb ecos de cinema negre i de western. I amb actors fetitxe tan grans, física i artísticament, com el gran, gran, Brendan Gleeson.

El grassó dublinès, que ja ens va atrapar a ‘Amagats a Bruges’ (2008, Martin McDonagh) i ens va conquerir definitivament en la genial ‘L’irlandès’ (2011, John Michael McDonagh), torna a ser el còmplice perfecte d’aquest parell de provocadors nats, ara més tenebrosos i metafísics que mai. És cert, a Bruges ja meditaven sobre l’infern davant els quadres d’El Bosch, i a ‘Seven Psychopaths’ (2012, Martin McDonagh) la mort apareix en tètriques i obsessives envestides d’humor negre.

Però ‘Calvary’ és, ara per ara, l’obra macdonaghiana que mira més i més seriosament el tràngol mortuori, especialment les seves derivades morals: expiació, càstig, homicidi. Acompanyat d'una poblada barba pèl-roja, Gleeson se’ns presenta com un afable capellà rural, íntimament corcat pels dubtes, que es veu de la nit al dia involucrat en una cruïlla criminal de la qual no se’n poden desvelar gaires detalls (això sí, només cal esperar al minut u de la pel·lícula).

Amb l’onatge de les costes irlandeses com a tràgic i permanent teló de fons, John Michael McDonagh va teixint el seu particular sentit de l’humor, sorneguer i de marxa lenta, alhora que ens torna a obsequiar amb la seva fotografia esplèndida, la seva posada en escena perfecta com l’acer. Genial l’amic Gleeson, capaç de contenir-se admirablement després del personatge sapastre de ‘L’irlandès’, i senzillament sensacional el ventall de secundaris, tota una fauna de fel·ligresos oberts en canal amb les seves misèries i excentricitats, sense ni un bri d’idealització rústica o bucòlica.

En aquest llogaret nòrdic no hi ha lloc per a la pau divina: l’ombra de la pederàstia a l’església catòlica hi apareix des de bon començament com un esput negre, i de fet ‘Calvary’ es pot considerar una de les obres més profundes i complexes sobre aquesta xacra, autèntic escàndol nacional en terres gaèliques, fins i tot quan el director empra el to més aparentment irreverent i corrosiu. Tampoc, val a dir-ho, se salven de la crema els pecats de l’individualisme modern i del capitalisme de casino (antològic el pla del sacerdot triangulat sota un entrecuix pixaner).

Mossèn James, monumental i curull d’humanitat, passa per aquesta pel·lícula com un ésser condemnat a la solitud -el temple cremat n’és una metàfora punyent-, i fins i tot el podríem veure com una mena de màrtir accidental de la societat contemporània, amb els seus delictes i faltes pendents de redimir. Un personatge, en tot cas, com una casa de pagès, digne de les grans novel·les malgrat la seva extrema parquedat de paraules, pare espiritual i alhora pare carnal –magnífica, melangiosa Kelly Reilly–, home en retirada que passeja la seva mirada compassiva i agnòstica entre un món de mediocres i psicòpates. “Si Déu no t’entén, ningú no podrà”, diu el sofrent confessor. La fosca antiparàbola moral de McDonagh potser no queda tan rodona i desimbolta com ‘L’irlandès’, però el cel i la terra són plens de la glòria de Brendan Gleeson.

‘Calvary’, de John Michael McDonagh
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dimecres, 18 de març del 2015

El arte de no tener los pies en el suelo

Joan Pau Inarejos
Una entrada brillante del amigo Lluís Matame obligó, en un sentido poético e insoslayable, casi como un deber moral, a leer ‘El barón rampante’ (1957). Sobre esta archifamosa novela italiana tenía, por algún motivo, vagos prejuicios, injustificados recelos: el título, tantas veces citado en mis libros escolares de literatura, me evocaba ambientes cortesanos envarados y aburridos, y tendía a imaginar a su protagonista como un aristócrata con el ceño eternamente fruncido. Qué equivocado estaba, por suerte. Y cuánta razón tiene Machado al desear que no sea verdad nada de lo que pensamos.

Con una sencillez de estilo desarmante, Italo Calvino nos lleva a un lugar imaginario de la costa de Liguria, Ombrosa, y nos cuenta la odisea de un pequeño heredero de la nobleza local, Cosimo Piovasco di Rondò, dispuesto a trepar por los árboles –rampar– y vivir en ellos si hace falta con tal de zafarse de un padre autoritario. La revolución arbórea de Cosimo, en pleno siglo de las luces (1767), bulle de un primitivismo infantil, peterpanesco, que el título apenas permite adivinar. Inocente y culto, insolente y carismático, Cosimo es de esos personajes de los que te encariñas para siempre tras ver pasar su vida de papel. A mí, como al amigo Lluís, tampoco me importaría tener un retoño Cosimo: más aéreo, más limpio de espíritu que yo.

El duelo entre padre e hijo, entre Antiguo y Nuevo Régimen, nos deja algunos de los pasajes más tronchantes del libro. El hermano de Cosimo, discreto narrador de la historia, siempre secretamente fascinado por él, cuenta que los padres jamás se preocuparon por si se rompían un brazo o una pierna al deslizarse por las balaustradas de la finca señorial, "y fue la razón - creo yo - de que nunca nos rompiésemos nada” –¡toda una lección de pedagogía!–, sin olvidar los diálogos plagados de ironía entre el arrogante progenitor y su vástago, atrincherado en las alturas: “- Buenos días, señor padre. - Buenos días, hijo. - ¿Estáis bien? - De acuerdo con los años y los sinsabores. - Me complace veros animoso”.

La fábula de Calvino, con toques de realismo mágico, convierte a su intrépido protagonista en una especie de Forrest Gump del siglo XVIII, capaz de hacerse famoso en toda Europa, cartearse con los filósofos más importantes de la época (desde Rousseau hasta el mismísimo Voltaire, que queda impresionado por la justificación de su vida entre los follajes: “Quien quiere mirar bien la tierra debe mantenerse a la distancia necesaria”) y hasta verse cara a cara con nada menos que Napoleón, a quien tiene el honor de hacerle sombra (“- ¿Puedo hacer algo por vos, mon Empereur? - Sí, sí, poneos un poco más acá, os lo ruego, para protegerme del sol, sí, así, quieto...”).

Desde su búnker vertical, el barón rampante ve pasar la vida de Ombrosa, preserva el pueblo de los incendios, aborta los ataques de las fieras e incluso organiza batallas contra los piratas o los austrosardos. Ora poeta, ora estratega militar, Cosimo observa pacientemente el paso de las estaciones, presencia los romances de las aves (“En primavera el mundo sobre los árboles era un mundo nupcial”) e incluso asiste a los entierros, aunque los árboles de la muerte sean más inasibles (“a los cipreses, de fronda tan espesa, no hay modo de trepar”). Desde su hogar asilvestrado revive los impulsos y sentimientos más primitivos de la humanidad (“ese amor que tiene el cazador por lo que está vivo y no sabe expresarlo más que apuntando con el fusil”) sin dejar nunca su querencia febril por la lectura y la escritura, para mejor comunicarse con el mundo y pergeñar sus altos ideales (impagable el momento de las ardillas que se llevan las letras Q, “y Cósimo tuvo que comenzar ciertos artículos Cuien y Cuienquiera”).


Entre las estampas tan vivas de la novela, cómo olvidar la colonia de exiliados españoles, una cuadrilla de hidalgos y damiselas obligados a vivir en los árboles porque el rey les impide pisar sus dominios (desterrados, pues, en vertical). Calvino describe los “salones arbóreos” de estos hispánicos huéspedes, que reciben al muchacho con “hospitalaria gravedad”, y cuán sugestivo el rastro de esa amada granadina tras la partida, de la que quedan, prendidos en las ramas, “aún alguna pluma, alguna cinta o encaje que se agitaba al viento, y un guante, un parasol con puntillas, un abanico”. En las evocaciones goyescas de España también se cuela Catalunya: véase cierto bandido que se arranca a farfullar en la lengua de Llull, con gazapos ritabarberianos incluidos: “Bon dia! Bona nit! Està a la mar molt alborotada”… ‘Il barone rampante’ es, también, un gozoso follón de lenguas y nacionalidades.

Incontables lecturas sobre el orden y la revolución, sobre la dialéctica de padres e hijos, sobre la naturaleza y la cultura, caben en este cuento entrañable de doscientas cincuenta páginas, donde Ombrosa se asienta en nuestro imaginario con la fuerza del Macondo de García Márquez o el Neverland de Peter Pan. Ombrosa se nos presenta como un remanso frondoso en medio de la Europa bélica y jacobina, un lugar donde hasta los soldados se mimetizan con el musgo y el liquen (Cosimo descubre la función civilizatoria de las pulgas), un reino nostálgico de cuya existencia llega a dudar un atónito narrador (“Aquella profusión de ramas y hojas (…) quizá existía solamente para que pasase mi hermano con su ligero paso de chamarón, era un bordado hecho sobre la nada”).

Pero es la aparición triunfal del amor la que eleva la pluma de Italo Calvino hasta alturas insospechadas y donde ésta nos conquista definitivamente. La ley de vida quiere que el “barón en celo” pase primero su época mujeriega y donjuanesca; le vemos entonces camelando a mil y una doncellas desde las ventanas, cual amante furtivo y fugaz (¿qué es ese ruido? “Es el barón que busca hembra. Esperemos que la encuentre y nos deje dormir”), y hasta se habla de hijos bastardos que empiezan a llenar sospechosamente tan decente pueblo. Pero el casanova de los árboles suspira: “¿De qué sirve haber arriesgado la vida, cuando de la vida aún no conoces el sabor?”.

El encuentro con la amada, cuyo nombre no podemos desvelar, y sobre todo el reencuentro cantado por Pedro Guerra(gràcies, Lluís), nos reserva una declaración de amor insólitamente expeditiva (antes de empezar la relación, ella le espeta “no voy a permitirte nunca que estés celoso”; pero al fin y al cabo, ¡qué sería el amor sin estas elipsis, sin estos felices sobreentendimientos!). De pronto, los hercúleos trabajos y peripecias del joven se iluminan de sentido: “has vivido en los árboles para aprender a amarme”. Por fin comprende: su aventura agreste era un entrenamiento del corazón.
Si Calvino narra la infancia de Cosimo con ingenuidad dadaísta y juguetona, una hermosa lírica se apodera del relato cuando nuestro joven librepensador descubre el amor, con toda su intensidad y sus ingratos dolores y desgarros. “Se conocieron. Él la conoció a ella y a sí mismo, porque en realidad no se había conocido nunca. Y ella lo conoció a él y a sí misma, porque aun habiéndose conocido siempre, nunca se había podido reconocer así”. Bello dilema de Cosimo entre el amor platónico y el carnal, cuando se pregunta “si tenerla ahora es no tenerla nunca más” (en el recuerdo), y deliciosamente teatrales las guerras de amor que entablan los donceles, mirándose con ojos llameantes, “con pureza de arcángeles”, discutiendo acaloradamente si el amor es paz o fuego incandescente, si estado de beatitud o bendito padecimiento. Calvino deja maravillosos apuntes sobre la psique femenina, harto poderosa incluso en la ausencia (“era siempre la mujer quien triunfaba, incluso si estaba lejos”), y encuentra una metáfora feliz de los celos en ese temor a los perfumes que no se pueden poseer, “aspirados por muchas narices”.

¿Quién es, al fin, Cosimo? ¿Un héroe, un loco quijotesco, una metáfora del hombre y sus edades? En todo caso no es un imbécil (“la locura es una fuerza de la naturaleza, para bien o para mal, mientras que la bobería es una debilidad de la naturaleza, sin contrapartida”), es alguien muy convencido que cree firmemente que su huida del mundo es una forma de militancia, como se empeña en dejar claro a quienes le conminan a apearse de los árboles (- ¡Quieres retirarte! - No: resistir). ¿Llegará algún día la hora de bajar? ¿Los héroes deben regresar a Ítaca? Lo dice su hermano con una frase llena de juicio: “Incluso quien ha pasado toda su vida en el mar llega a una edad en la que desembarca”. Y sin embargo, Cosimo encontrará la manera de seguir rampando más allá de la última página.