dimarts, 17 de març del 2015

El barón rampante

Italo Calvino
El barón rampante (1957)

ironías de la educación
ya habíamos sido advertidos de no deslizamos por la balaustrada de mármol de las escaleras, no por miedo a que nos rompiésemos un brazo o una pierna, que de esto nuestros padres no se preocuparon nunca, y fue la razón - creo yo - de que nunca nos rompiésemos nada; sino porque al crecer y aumentar de peso podíamos echar abajo las estatuas de antepasados (…)

amor cazador por lo vivo
Era ese amor que tiene el cazador por lo que está vivo y no sabe expresarlo más que apuntando con el fusil.

el fardo del vencedor
en el momento desesperado de quien ha vencido por primera vez y ahora sabe el padecimiento que es vencer, y sabe que ya está comprometido a continuar por el camino elegido y no se le permitirá la salida del que fracasa.

el barón rampante y los catalanes
Francés, toscano, provenzal, castellano, los entiendo todos - dijo Gian dei Brughi -. Un poco también el catalán: Bon dia! Bona nit! Está la mar molt alborotada (…) ¿Rondós? ¿Rondós? - dijo el obeso -. ¿Aragonés? ¿Gallego? - No señor. - ¿Catalán? - No señor. Soy de estas tierras.

diálogo padre-hijo
- Buenos días, señor padre. - Buenos días, hijo. - ¿Estáis bien? - De acuerdo con los años y los sinsabores. - Me complace veros animoso.

los árboles inasibles de la muerte
Cósimo también siguió el entierro, pasando de un árbol a otro, pero no consiguió entrar en el cementerio, porque a los cipreses, de fronda tan espesa, no hay modo de trepar.

vida con riesgo pero sin sabor
Pero en toda aquella manía había una insatisfacción más profunda, una carencia; en aquel buscar gente que lo escuchase había una búsqueda distinta. Cósimo no conocía todavía el amor, y toda experiencia, sin ésa, ¿qué es? ¿De qué sirve haber arriesgado la vida, cuando de la vida aún no conoces el sabor?

los pájaros
En primavera el mundo sobre los árboles era un mundo nupcial.

los anfitriones españoles
En esta especie de salones arbóreos, Cósimo era recibido con hospitalaria gravedad.

la Iglesia y otros brazos
¡Alto ahí, padre! ¿Qué es esto? - ¡El brazo de la Santa Inquisición, hijo! Ahora le toca a este desdichado viejo, para que confiese la herejía y escupa al demonio. ¡Después te tocará a ti! Cósimo sacó la espada y cortó las cuerdas. - ¡Cuidado, padre! ¡Hay también otros brazos, que observan la razón y la justicia!

¿retirarse? no, resistir
¡Yo subí aquí antes que vosotros, señores, y me quedaré también después! - ¡Quieres retirarte! - gritó el conde. - No: resistir - respondió el barón.

el rastro de la amada española
La calle se despejó. Solo, sobre los árboles de Olivabassa se quedó mi hermano. Prendidos en las ramas había aún alguna pluma, alguna cinta o encaje que se agitaba al viento, y un guante, un parasol con puntillas, un abanico, una bota con espuela.

las fantasías del “hombre trepador”
Otra, una tal Zobeida, me contó que había soñado con «el hombre trepador» (lo llamaba así), y este sueño era tan inspirado y minucioso que creo que lo había vivido realmente. (…) Ombrosa se llenó de bastardos del barón, fueran verdaderos o falsos. (…) me sorprendió en todo este viaje la fama que se había difundido del hombre rampante de Ombrosa, hasta en las naciones extranjeras. Incluso vi en un almanaque una figura con el escrito debajo: «L'homme sauvage d'Ombreuse (Rép. Génoise). Vit seulement sur les arbres.» Lo habían representado como un ser todo recubierto de vello, con una larga barba y una larga cola, y comía una langosta. Esta figura estaba en el capítulo de los monstruos, entre el Hermafrodita y la Sirena.

la época de celo del barón
[los vecinos] - Es el barón que busca hembra. Esperemos que la encuentre y nos deje dormir. (…) Ahora una más atrevida se asomaba a la ventana como para ver qué ocurría, todavía caliente de la cama, el pecho descubierto, los cabellos sueltos, la risa blanca entre los fuertes labios abiertos, y se desarrollaban estos diálogos. - ¿Quién es? ¿Un gato? - Es hombre, es hombre. - ¿Un hombre que maúlla? - Ah, suspiro. - ¿Por qué? ¿Qué te falta? - Me falta lo que tienes tú. - ¿El qué? - Ven aquí y te lo digo...

la “república arbórea”
Convaleciente, inmóvil en el nogal, profundizaba en sus estudios más serios. Comenzó en esa época a escribir un Proyecto de Constitución de un Estado ideal fundado sobre los árboles, en el que describía la imaginaria República de Arbórea, habitada por hombres justos.

dando lecciones a Voltaire
Mi hermano sostiene - respondí -, que quien quiere mirar bien la tierra debe mantenerse a la distancia necesaria - y Voltaire apreció mucho la respuesta.

tenerla ahora es no tenerla nunca más
Y el agitado latido de gozo en el pecho de Cósimo no era, sin embargo, muy distinto de un estremecimiento de miedo, porque el haber regresado ella, el tenerla ante los ojos tan imprevisible y altiva, podía significar no tenerla nunca más, ni siquiera en el recuerdo, ni siquiera en ese secreto perfume de hojas y color de la luz a través del verde, podía significar que él se vería obligado a rehuirla y de este modo huir también del primer recuerdo de ella niña.

coqueta, viuda y duquesa
Cósimo estaba allí medio aturdido bajo aquel alud de noticias y afirmaciones perentorias, y Viola estaba más lejos que nunca: coqueta, viuda y duquesa, formaba parte de un mundo inalcanzable

expeditiva declaración de amor
¿Y con quién era que coqueteabas tanto? Y ella: - ¡Vaya! Estás celoso. Mira que no voy a permitirte nunca que estés celoso. Cósimo tuvo un arrebato de celoso incitado a pelear, pero luego enseguida pensó: «¿Cómo? ¿Celoso? Pero ¿por qué admite que yo pueda estar celoso de ella? ¿Por qué dice: «no voy a permitirte nunca»? Es como decir que piensa que nosotros...»

has vivido en los árboles para aprender a amarme
Oh, he hecho tantas cosas - empezó a decir él -, he ido de caza, incluso jabalíes, pero sobre todo zorros, liebres, garduñas, y también, se entiende, tordos y mirlos; luego los piratas, vinieron los piratas turcos, hubo una gran batalla, mi tío murió; y he leído muchos libros, para mí y para un amigo mío, un bandido que ahorcaron; y tengo toda la Enciclopedia de Diderot e incluso le escribí y me contestó, desde París; y he hecho muchos trabajos, he podado, he salvado un bosque de los incendios... -...¿Y me amarás siempre, absolutamente, por encima de todo, y harías cualquier cosa por mí? Ante esta salida de ella, Cósimo, pasmado, dijo: - Sí... - Eres un hombre que ha vivido en los árboles sólo por mí, para aprender a amarme... - Sí... Sí... - Bésame.

el amor, conocerse y reconocerse
Se conocieron. Él la conoció a ella y a sí mismo, porque en realidad no se había conocido nunca. Y ella lo conoció a él y a sí misma, porque aun habiéndose conocido siempre, nunca se había podido reconocer así.

las guerras del amor
En cierto momento, a doña Viola, la ira, tan imprevisiblemente como le había entrado, se le iba. De entre todas las locuras de Cósimo que parecía que no la hubiesen ni rozado, repentinamente una la inflamaba de piedad y amor. - ¡No, Cósimo, querido, espérame! (…) El amor se reanudaba con una furia similar a la de la pelea. Era, en realidad, la misma cosa, pero Cósimo no entendía nada. - ¿Por qué me haces sufrir? - Porque te amo. Ahora era él quien se enfadaba. - ¡No, no me amas! Quien ama quiere la felicidad, no el dolor. - Quien ama quiere sólo el amor, aun a costa del dolor. (…) Sí, para ver si me amas. La filosofía del barón se negaba a ir más allá. - El dolor es un estado negativo del alma. - El amor lo es todo. - Contra el dolor ha de lucharse siempre, - El amor no se niega a nada. - Hay cosas que no admitiré nunca. - Sí que las admites, porque me amas y sufres (…) Entre las ramas, Viola se encontró frente a Cósimo. Se miraban con ojos llameantes, y esta ira les daba una especie de pureza, como arcángeles.

el triunfo de la mujer ausente
de la presencia de Viola, de volver a dominar las pasiones y los placeres en una sabia economía del alma, más sentía el vacío dejado por ella o la fiebre de esperarla. En suma, su enamoramiento era justamente como Viola lo quería, no como él pretendía que fuese; era siempre la mujer quien triunfaba, incluso si estaba lejos, y Cósimo, a pesar suyo, terminaba por disfrutar con ello.

el perfume aspirado por muchas narices
En París, en un salón, me encontré a una dama que te conoce, y me dio esto para ti, con sus recuerdos. Bajó a toda prisa el cestito que colgaba de la cuerda, subió el pañuelo de seda y se lo llevó a la cara como para aspirar su perfume. - Ah, ¿la has visto? ¿Y cómo estaba? Dime, ¿cómo estaba? - Muy bella y brillante - respondí lentamente -, pero se dice que este perfume es aspirado por muchas narices... - Todo mentiras. Yo sólo sé que sólo es mía - y escapó por las ramas sin despedirse. Reconocí su forma habitual de rechazar cualquier cosa que le obligase a salir de su mundo.

la fauna y las letras
a veces las ardillas cogían una letra del alfabeto y se la llevaban a su madriguera creyendo que era comestible, como sucedió con la letra Q, que por su forma redonda y pedunculada tomaron por un fruto, y Cósimo tuvo que comenzar ciertos artículos Cuien y Cuienquiera.

diferencia entre loco e imbécil
yo tenía la impresión de que en esa época mi hermano no sólo había enloquecido del todo, sino que se estaba volviendo algo imbécil, cosa más grave y dolorosa, porque la locura es una fuerza de la naturaleza, para bien o para mal, mientras que la bobería es una debilidad de la naturaleza, sin contrapartida.

lo soldados mimetizados con el bosque
La amabilidad hacia la naturaleza del teniente Agrippa Papillon hacía hundirse a aquel puñado de valientes en una amalgama animal y vegetal. (…) el prurito de las pulgas volvió a encender agudamente en los húsares la humana y civil necesidad de rascarse, de hurgarse, de despiojarse; tiraban al aire las prendas musgosas, las mochilas y los fardos recubiertos de hongos y telas de araña, se lavaban, se afeitaban, se peinaban, en fin, volvían a tomar conciencia de su humanidad individual, y volvía a ganarles el sentido de la civilización, de la liberación de la naturaleza bruta.

cósimo y napoleón, cara a cara
Napoleón fue a Milán a hacerse coronar y luego realizó algún viaje por Italia. En cada ciudad lo acogían con grandes fiestas y lo llevaban a ver las rarezas y los monumentos. En Ombrosa pusieron en el programa una visita al «patriota de lo alto de los árboles» (…) Napoleón miraba entre las ramas hacia Cósimo y le daba el sol en los ojos. (…) - ¿Puedo hacer algo por vos, mon Empereur? - Sí, sí - dijo Napoleón -, poneos un poco más acá, os lo ruego, para protegerme del sol, sí, así, quieto...

cósimo y los borrachos
Dinos, pájaro parlante, explícanos dónde hay una cantina por aquí cerca. - ¡Hemos vaciado los toneles de media Europa, pero la sed no se nos pasa! - Es porque estamos acribillados por las balas, y el vino se escapa.

el galope que se lleva el nombre
Le barón Cosme de Rondeau - le gritó Cósimo, y él ya había partido -. Proshaite, gospodin... Et le votre? - Je suis le Prince Andrei... - y el galope del caballo se llevó consigo el apellido.

la hora de bajar del árbol
Subí yo por la escalera. «Cósimo - empecé a decirle -, tienes sesenta y cinco años cumplidos, ¿cómo puedes continuar estando ahí arriba? A estas alturas lo que querías decir lo has dicho, lo hemos entendido, ha sido una gran fuerza de ánimo la tuya, lo has conseguido, ahora puedes bajar. Incluso quien ha pasado toda su vida en el mar llega a una edad en la que desembarca.»

epitafio
«Cósimo Piovasco de Rondó - Vivió en los árboles - Amó siempre la tierra - Subió al cielo.»

el mundo que no fue
Ombrosa ya no existe. Mirando el cielo despejado me pregunto si en verdad ha existido. Aquella profusión de ramas y hojas, bifurcaciones, lóbulos, penachos, diminuta y sin fin, y el cielo sólo en relumbrones irregulares y recortados, quizá existía solamente para que pasase mi hermano con su ligero paso de chamarón, era un bordado hecho sobre la nada que se asemeja a este hilo de tinta tal como lo he dejado correr por páginas y páginas, atestado de tachaduras, de remisiones, de borrones nerviosos, de manchas, de lagunas, que a ratos se desgrana en gruesas uvas claras, a ratos se espesa en signos minúsculos como semillas puntiformes, ora se retuerce sobre sí mismo, ora se bifurca, ora enlaza grumos de frases con contornos de hojas o de nubes, y luego se atasca, y luego vuelve a enroscarse, y corre y corre y se devana y envuelve un último racimo insensato de palabras, ideas, sueños, y se acaba.


dimarts, 10 de març del 2015

“Hi haurà lectors el dia que la gent llegeixi llibres i després els llenci”


Hi ha un excessiu respecte a l'objecte-llibre? Prioritzem tenir llibres a llegir-los? Ens convindria una sana mentalitat d'usar i llençar? Provocadores i interessants reflexions d’un llibreter.


Guillem Terribas
Entrevista d’Oriol Soler a Verbàlia.com Llegir sencera

[Els llibres de butxaca] Aquí no funcionen tan bé com a França, Alemanya o Anglaterra. Aquí llegir encara és un luxe, ens agraden els llibres de tapa dura, el llibre de butxaca no ens agrada. L’important no és com està fet! El dia que la gent llegeixi llibres de butxaca i després els llenci, aleshores hi haurà lectors, mentre tu compris un llibre i te’l guardis a casa com si fos un tresor, no hi haurà lectors. Un llibre el llegeixes i el deixes, ja està, igual sí que vols conservar-ne alguns, però no tots. De vegades jo agafo llibres de la llibreria, els llegeixo i els torno a deixar a l’estanteria. Si m’interessa molt el compro, però si no res.

Però a casa tens una biblioteca suposo.

Sí, però és més de llibres signats que de llibres en si. Però el dia que no sigui considerat un tresor hi haurà lectors. Els llibres de butxaca seran els que marcaran la diferència en aquest aspecte. I són més barats, no cal esperar a rebaixes. La gent diu que la lectura és cara, però és car allò que no ens agrada. Per mi l’entrada del futbol és cara, però un llibre no. Per mi anar a veure Bruce Springsteen, que val 90 euros, no és car, gens. Si una cosa t’agrada no és cara. El cinema val 7 o 8 euros, igual que un gintònic. Doncs aquí està el tema de que les coses que t’agraden et semblen barates, i les que t’agraden menys són més cares. 


dijous, 5 de març del 2015

'Still Alice': olvidable película sobre el olvido

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 4

Alice era una profesora de psicología cognitiva y ahora tiene alzheimer. Pero aún es ella. Lo recalca el título (Still Alice), un título conciso, cargado de significado, aunque aquí se haya convertido en ‘Siempre Alice’, por mor de las traducciones traicioneras. Nótese que el matiz es importante. El título original habla de una identidad en lucha, agónica en el sentido griego, aquí y ahora. El segundo es un epitafio naif que valdría para cualquier vida y cualquier contexto. La película se mueve en el impasse dramático de la enfermedad: siendo aún Alice, no sabe si siempre lo será. Tarjeta roja para el traductor.

Pero no nos perdamos en cuestiones lingüísticas… o quizá sí, porque eso es lo que hace el personaje de Julianne Moore: perderse en plena disertación lingüística en la universidad y caer en un vacío que presagia olvidos mayores. Más tarde la veremos desorientada en medio en la ciudad, con un uso inteligente de la profundidad de campo (todo su entorno está borroso) para evocar su extravío mental. La de Carolina del Norte, que lo mismo hace unos Juegos del Hambreo una obra de arte y ensayo, se deja la piel en una interpretación muy aplaudida que le ha valido el Oscar. Sin embargo, tristemente, ni siquiera su buen trabajo merece el visionado de un producto discreto, discretísimo, por no decir mediocre.

Si aun así se deciden a explorarla, comprenderán que la madura pelirroja se haya llevado todos los loores, aunque por aquí aconsejamos no menospreciar a Kristen Stewart, encargada de interpretar a su díscola hija menor. Emancipada de sus amantes lobunos, la ex crepúscula se desenvuelve la mar de bien en el papel de esa aspirante a artista de teatro, rebelde y retraída pero de buen corazón. Nada que ver con su hermana mayor, tan perfecta como insoportable, ni con su padre (Alec Baldwin), prototipo de las debilidades masculinas cuando van mal dadas.

La historia podría haber dado mucho más de sí, pero los directores se conforman con una sucesión chata y previsible de escenas supuestamente emotivas, sin olvidar, como Hollywood obliga, el imprescindible discurso ampuloso ante el público, plagado de frases sonoras de autoayuda. Qué pena que el cáncer de la mente, la odiosa enfermedad de nombre alemán, aún no tenga una película inolvidable.

‘STILL ALICE’, DE RICHARD GLATZER Y WASH WESTMORELAND
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dilluns, 2 de març del 2015

'Kingsman': 007 dos punto cero

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7,5

“Las películas de espías se han vuelto demasiado serias”. Lo dice Samuel L. Jackson, villano histriónico de la función, y tiene razón: un tono sombrío y existencial envuelve de un tiempo a esta parte las sucesivas aventuras de James Bond y todos sus vástagos, aunque sean tan buenas y electrizantes como las que protagoniza el agente Bourne. Así que se trata de recuperar aquellas cosas tan inverosímiles pero tan divertidas que ocurrían en el cine de antaño.

Hubo un tiempo en que los espías se lo pasaban pipa sin preguntarse de dónde venían y adónde iban, y se batían el cobre contra malos malísimos de sonrisa mefistofélica y extraños cuerpos protésicos. Bond hacía saltos imposibles, tenía más vidas que un gato y su situación siempre se podía calificar de grave pero nunca de seria. Todavía no buscábamos perspicaces lecturas de sus episodios en clave de Guerra Fría, etnocentrismo británico o donjuanismo impresentable. Era sólo una gozosa manera de pasar el tiempo: un cómic.

Precisamente, Mathew Vaughn se basa en una novela gráfica para recordarnos lo irreal y divertido que subyace en este género de pistolas, gadgets y jets privados, más aún cuando toda esta subcultura visual del siglo XX se encuentra con las posibilidades libérrimas que le brinda la tecnología digital. La genial y no suficientemente valorada 'Los increíbles' de Pixar ya demostró que se pueden hacer homenajes a 007 repletos de humor posmoderno sin caer en la astracanada de Mike Myers.

Al igual que 'Los increíbles', 'Kingsman' mezcla con habilidad el cine de espías con el mundo de los superhéroes, luminosa banda sonora incluída. La historia del veterano agente Galahad (Colin Firth, el eterno inglés), encargado de adiestrar a un joven de barrio (resultón Taron Egerton, dicen que apunta maneras) tiene todos los ingredientes para entretener y no teme pisar callos, por ejemplo presentando a su villano como un ecologista radical (!) dispuesto a atajar el cambio climático, digamos, a su manera. Hay mala baba para todo el mundo: iglesias, emprendedores tecnológicos, gobiernos europeos, plutócratas que se quieren salvar de la crisis como los animales del arca de Noé, incluso una Margaret Thatcher a quien se recuerda con un bonito dardo post mórtem.

Apenas un plano final, demasiado chusco, le sobra a este festín permanente de endorfinas cinematográficas, cerebro y diversión operando al alimón (y Mark Strong, y Michael Caine...). Con algunas escenas tan potentes como la inundación en el cuarto de los aprendices de espía, con mucho disfrute aunque todo no esté muy bien atado y con una agradable sorna tarantinesca aderezando sus dos horas ligeras. Hay efectos especiales desternillantes que recuerdan a 'Mars Attacks!', hay paraguas-proyectiles, gente trepando por las paredes, peleas filmadas como un cómic viviente y todas las virguerías que queráis. Entre el homenaje y la parodia, 'Kingsman' demuestra que se toma muy en serio sus materiales y consigue algo muy díficil: ser al mismo tiempo joven y adulta, chispeantemente moderna y a la vez sincera deudora de los referentes clásicos. Con un poco de suerte ha nacido una saga que nos hará disfrutar como enanos. Venga, no lo estropeéis.

‘KINGSMAN’, DE MATTHEW VAUGHN
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Amor sin razón

Roger-Pol Droit, filósofo

La Contra, La Vanguardia, 2/3/2015



Creernos un monobloque capaz de albergar sólo buenos sentimientos es irreal. Efectivamente somos un enjambre, un remolino (…). A la pregunta de por qué me quieres la única respuesta honesta es no lo sé. 

diumenge, 1 de març del 2015

'El libro de la vida': descubriendo el Halloween latino

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7,5

Lástima por el tono infantiloide y un poco bobalicón, porque si no estaríamos hablando de una de las mejores películas de animación de los últimos tiempos. Creativa, enérgica, visualmente brillante. Una oda al folclore mexicano con pespuntes de Tim Burton. Un cuento mitológico que nos traslada a los años gloriosos de ‘Aladdin’ o ‘Hércules’ –cuyos personajes cómicos, el Genio y Hades, son pura antología Disney– y que se atreve diseñar a sus personajes como muñecos de madera. ¡Olé!

Lástima por el exceso de chistecitos tontos, porque en las hechuras de Manolo y Joaquín casi creemos ver una versión hispánica y torera de Woody y Buzz Lightyear, los protagonistas de la revolucionaria 'Toy Story'. La fantasía de Jorge R. Gutiérrez, financiada por Guillermo del Toro, parece aplicar los logros de la era post-Pixar a las historias de matriz cultural-folclórica que (casi) habíamos perdido. La animación ha visitado la mitología griega, los cuentos medievales, el Halloween: ¿por qué no el Día de Muertos mexicano?

Lástima por el superávit de secundarios mediocres, porque la peculiar festividad latinoamericana, paradójicamente repleta de color y alegría, era un mundo simbólico a la espera de ser descubierto por el cine de masas. Reinterpretada por la mano maestra de Gutiérrez, esta celebración del 2 de noviembre se convierte casi en un corte de mangas latino contra el Halloween burtoniano de 'Pesadilla antes de Navidad' o 'La novia cadáver'. Aquí estamos nosotros, reímos más y somos más felices que los yanquis. Viva México cabrones. A los toreros-cadáver de Gutiérrez & Del Toro sólo les falta cantar como Mecano: "Y los muertos aquí lo pasamos muy bien, entre flores de colores".

Lástima por ese prólogo innecesario que se obstina en contar la historia desde el presente, pero incluso así, el concepto mortuorio de la cultura mexicana, ese curioso híbrido de las tradiciones precolombinas y el catolicismo, será un feliz descubrimiento para todos aquellos acostumbrados a ver la muerte con el pudor y el escalofrío anglosajón. Aquí no hay división entre vivos y muertos, sino entre el Reino de los Recordados y el Reino de los Olvidados. En los puestos de mando de ambos feudos están dos dioses totémicos prodigiosamente animados, La Catrina -dama funeral y esplendorosa- y Xibalba, un villano tan histérico y sagaz como el Yafar de 'Aladdin' o el dios Hades de 'Hércules' (qué tiempos, snif).

Una apuesta entre los dioses, como en las antiguas mitologías, desencadena la historia y nos conduce por una original revisión del mundo de la tauromaquia. El toreo no es aquí una mera celebración del cliché sureño, sino ocasión para enhebrar un relato heroico sobre el perdón, la búsqueda de la vocación y el peso de los antepasados. Una riquísima floración de significados recorre todo el relato de amistad-enemistad entre Manolo y Joaquín bajo su aspecto de entretenimiento familiar. Hay amor por la cultura mexicana, por esos poblachos entrañablemente caricaturizados. Hay ironía desarmante en esa versión improvisada de 'Creep' de Radiohead a cargo de un torero enamorado. Hay gozosas ucronías y hay, por encima de todo, un ritmo endiablado, una diversión retiniana permanente. 

Lástima que no estemos hablando de una obra maestra.

‘EL LIBRO DE LA VIDA’, DE JORGE R. GUTIÉRREZ
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'Samba': tócala otra vez, Omar

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 6,5

De las cosas buenas nos gusta repetir. O eso habrán pensado los directores de ‘Intocable’, el fenómeno cinematográfico que consiguió reunir a veinte millones de personas ante la sonrisa irresistible de un actor de origen mauritano-senegalés. El carisma de Omar Sy vuelve a conjurarse con el humor más o menos inteligente de Toledano & Nakache para lograr otra fórmula perfecta de éxito para todos los públicos, con la ayuda inestimable de esa fotografía tan exageradamente límpida y perfecta que a veces recuerda un anuncio de Benetton o Coca-Cola. A sus cuentos ejemplares les falta un poco de borrosidad, alguna que otra arruga.

Lo que funcionó en aquella ocasión se repite aquí pieza por pieza y con precisión milimétrica, por más que el resultado, ciertamente, no sea tan redondo. Si 'Intocable' jugaba al choque maniqueo y resultón entre el mundo de los occidentales y el de los inmigrantes, 'Samba' hace lo propio, sólo que cambiando el tipo de relación. Mientras la primera ensalzaba la amistad imposible entre un aristócrata parapléjico y su alegre cuidador de la banlieue, la segunda tira directamente la carta de corazones, con el romance no menos trucado entre una ex ejecutiva deprimida y un simpapeles adorable. Omar, por supuesto.

En realidad estamos ante un remedo europeo de 'Pretty Woman', barnizado con un poco de soja dramática y un aderezo dickensiano de crítica social. No importa que todo sea simplón e idealizado, importa la telegenia y el encanto hollywoodiense de sus protagonistas. Importa disfrutar con el bueno de Omar, y sobre todo con la fragilidad contenida y cautivadora de Charlotte Gainsbourg, su nueva y atípica partenaire que se revela como la estrella tapada de la función. Aunque la hija de Jane Birkin no ha heredado precisamente la hermosura venusiana de su madre, hay algo encantador y lleno de alma en su, digamos, fealdad (no diremos lo de belleza cubista porque el tópico se ha gastado con Rossy de Palma).

Gainsbourg y Sy, tan antagónicos y diferentes, incluso en su manera de interpretar, logran eso tan difícil que llamamos chispa y, sí, su encuentro confidente en una estación de servicio derrocha química, es todo verdad y calidez, te deja con la sonrisa de tonto. Ellos solitos llevan la película adelante e insuflan personalidad a sus respectivos moldes estereotipados: hombre negro vitalista y puro de corazón / mujer blanca europea con una vida decadente y víctima del estrés profesional. Gustará al lector europeo de best-sellers y al tendero nigeriano padre de familia, no habrá conflicto posible. No hay lugar para lecturas polémicas. No se remueve nada importante.

Hay que reconocer que los autores de 'Samba' nos arrancan la carcajada más de una vez: con los enredos idiomáticos en la ONG, con el gag del calentador o con la fuga por los tejados de los dos inmigrantes compañeros de fatigas -Tahar Harim sorprende con su vis cómica tras la sombría 'Un profeta'-. Pero, a decir verdad, la secuela encubierta de 'Intocable' queda bastante lejos del gancho y el ritmo cómico de su predecesora, con la que comparte en cambio todo su paternalismo, falta de riesgo y sentimentalismo manipulador. Es como una de esas chocolatinas con menta, un placer flojito que no hace daño.

‘SAMBA’, DE OLIVIER NAKACHE Y ERIC TOLEDANO
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