dissabte, 18 de gener del 2014

Faula del plàtan i la lluna


Joan Pau Inarejos
S'està fent de nit. La lluna i el plàtan, enredats entre les branques de l’arbre, discuteixen.
Plàtan:  Desenganya’t: tu i jo som iguals.
Lluna:   Treu-t'ho del cap! Has vist la meva cara platejada? Veus la teva pell rugosa?
Plàtan:  En aquest arbre ningú no ens pot distingir. Tu ets un quart minvant, i jo un quart creixent. A punt per a la meva maduresa.
Lluna:   No em facis riure! Jo només ensenyo una part, un perfil del meu gran esplendor.
Plàtan:  Doncs jo dic la veritat: m’ofereixo sencer i tal com sóc.
Lluna:   Pretens superar-me? Pregunta a qualsevol poeta, o a aquest nen que passa, a qui de nosaltres dos es quedaria mirant.
Plàtan:  Aquest nen et mira a tu, però si tingués fam hauria de recórrer a mi. Qui et pot menjar, a tu? Qui et pot tocar?
Lluna:   Insolent! No ho saps, que les grans creacions de l’univers no servim per a res? No tenim cap amo, ni ens deixem consumir.
Plàtan:  I tanmateix, d’aquí a una setmana desapareixeràs. Sense la llum del sol no ets ningú: igual que jo.
Lluna:   No tinc temps per beneiteries. Aparta’t d’aquesta branca i deixa’m pujar.
Plàtan:  Marxa, marxa tota sola. Cada nit fas el mateix. Fuig ben amunt i així no tindràs amb qui parlar.
Lluna:     No ho necessito.
Plàtan: Tens l’esquena encorbada. No t’esgota aquesta desfilada permanent?
Lluna:   I tu tens la cara encorbada. La natura t’ha deformat tant que no saps el que dius.
Plàtan:  Potser no sé el que em dic, però encara tinc força!
El plàtan, amb el seu manoll de fulles, es llança contra la lluna i prova d’estirar-la cap a baix.
Lluna:   Però què fas? Insensat, deixa’m anar!
Plàtan:  I ara què? Et serveix de res, el teu color de plata?
Lluna:   Treu-me les fulles de sobre! Allà dalt em necessiten, i faig tard!
Plàtan:  Què faries, si et segrestés? T’imagines que la nit pogués passar sense tu?
Lluna:   Carronya del dimoni! Accepta-ho d’una vegada, cadascú te el seu lloc!
Plàtan:  I el teu és amb mi!
Lluna:   Per res del món em quedaria aquí a baix: n’he vist a milers com tu, tots creieu que durareu per sempre. Deixa’m estar!
Plàtan:  Et penses que seràs com les estrelles, oi? Nena consentida i arrogant! Elles tenen llum pròpia, tu només ets una pedra foradada en un racó del firmament!
Lluna:   Calla i madura d’una vegada!
La lluna agafa embranzida, fa un salt cap amunt i aconsegueix desempallegar-se del plàtan: ja s’ha fet de nit.
Plàtan:  Jo només volia que et quedessis amb mi.
Després d’aquestes últimes paraules, el plàtan es bressola suaument a l’arbre, uns segons, fins que se n’arrenca i cau desplomat.
Lluna:   Per fi sóc on he de ser! Mira la meva magnificència! Però… on ets?
La lluna, blanquíssima, supervisa inquietament el paisatge sota els seus peus i no troba el plàtan que cada nit quedava embadalit admirant el seu ascens. Del terra estant, entre la fullaraca, al plàtan caigut se li ha posat cara de vell. 

dilluns, 13 de gener del 2014

Londres: keep calm and mind the gap

Por Joan Pau Inarejos

Diario de viaje 2-5 enero 2014 
Laura Solís y Joan Pau Inarejos


Para un aerófobo como yo, Londres ya tiene un pedacito de cielo ganado: es la primera ciudad a la que he llegado dormido. Sentir el zarandeo de la azafata, tan apático y doméstico, en lugar de los terrores del aterrizaje, eso, amigos míos, no está pagado. Aunque la química ayuda, quiero creer que el año nuevo y el espacio aéreo de la city han conspirado a favor de mi salud psicológica.

Pido excusas por empezar un diario de viaje hablando de mí, pero a veces el modo en que se entra y se sale de un lugar es casi tan importante como los encantos y experiencias que se descubren en él (los peregrinos de Santiago podrían decir mucho a este respecto). Decíamos ayer. Ocho de la mañana. Plácida mañana de enero. Aterrizamos en Stansted.

Mañana plácida en Londres: nadie lo diría viendo los noticiarios. El temporal todavía colea en Inglaterra tras dejar en tierra a miles de pasajeros. Uno de ellos es mi hermano mayor, que vive en el suroeste del país y con quien no pudimos celebrar la Navidad. Ahora él ya se encuentra en casa con la familia tras haber podido tomar un nuevo avión, mientras yo me he evadido a la tierra de Shakespeare y de los nuevos emigrantes. Curiosos cruces de la meteorología y de la familia.


A la capital británica la asiste una eterna fama de ciudad neblinosa. Nadie imagina a Jack el Destripador, a Philleas Fogg, a Mr. Hyde o al saltarín Peter Pan sin ese telón de fondo blanquecino y vagamente romántico. Sin embargo, la niebla londinense no es más real que aquel chiquillo que se negaba a crecer y que buscaba su sombra en la casa señorial de los Darling.

En realidad, la leyenda sobre la niebla londinense tiene unos orígenes muy crudos, y desde luego nada literarios. La combinación de la niebla invernal del Támesis –que la hay, tan densa como la del Ebro o el Danubio– con el humo pertinaz de las fábricas generó desde el siglo XIX un fenómeno conocido como smog (de smoke, humo; y fog, niebla), una atmósfera amarillenta o “sopa de guisantes”, como Dickens la describió, que desembocó en una fatal mortandad en 1952. La niebla es un cuento, pero el Gran Humo no es ninguna broma.

Afortunadamente, y mientras algún apocalipsis zombi-nuclear no lo impida, hoy Londres se puede admirar sin cortinas tóxicas. El autobús del aeropuerto, con gran olfato turístico, entró por los rascacielos de la City y nos condujo por la orilla sur del río, el mejor lado para primero atisbar, y luego admirar los perfiles que han hecho esta urbe mundialmente reconocible.

La hora del mundo

El momento matutino es bueno para apreciar los tonos dorados del Big Ben. Desde hace un siglo y medio, el reloj del Parlamento inglés, conocido por el nombre de su campana mayor, viene marcando la hora del mundo. Cerca de aquí también se encuentra el emplazamiento de Greenwich, lugar del primer meridiano y barrera indeleble que nos divide a todos entre una hora menos y una hora más. Aunque hoy la hegemonía se ha movido 5.000 km hasta Nueva York, Londres conserva su puntual prestancia como antiguo meollo del mundo. Sí, los neyorquinos tienen el faro de la libertad construido en piedra; pero ellos siguen marcando la hora. Por si había alguna duda, desde 2012 la Clock Tower se llama Elizabeth Tower, en honor a la dueña del reloj de toda la Commonwealth.

La Venus de Trafalgar

Tras visitar la abadía de Westminster, donde aún parece resonar el Candle in the windque Elton John dedicara a la princesa Diana, tomamos la calle del Parlamento. Como cualquier turista que se precie, metemos las narices entre las rejas de Downing Street, donde se adivina, más que verse, la residencia del primer ministro. De esta modesta puerta negra han salido los Thatcher, Blair o Cameron portando recortes, terceras vías o discursos de hierro según soplaban los vientos de la historia. La avenida Whitehall nos conduce hasta el otro nudo imperdible de Londres: Trafalgar Square. La estatua del almirante Nelson recuerda el orgullo naval inglés frente a las tropas napoleónicas, y, con la inopinada colaboración de un gallo azul, custodia las puertas de la National Gallery.


Los museos gratuitos de Londres son el mejor aliado del clima invernal. Cuando a las 3 de la tarde (¡a las 3!) el sol empieza a declinar, la historia del arte nos recibe con los brazos abiertos y sin pedir nada a cambio, más allá de las colaboraciones voluntarias en una urna. Los cuadros de la National Gallery son tan poco celosos que incluso se pueden ver desde el exterior. El Whistlejacket, un caballo encabritado pintado por George Stubbs (siglo XVIII) casi parece dispuesto a saltar por la ventana. Por lo demás, la sala de pintura española es un verdadero regalo para los que amamos a Velázquez y Zurbarán. El primero tiene aquí custodiada su mágica ‘Venus del espejo’, desnudo de espaldas que no cesa de contemplar su perfección rosácea, así como la ‘Inmaculada’ de 1618, una Virgen-niña de excepcional rostro iluminado. En cuanto a Zurbarán, el maestro de los monjes y los atuendos, puede admirarse su ‘San Francisco en éxtasis’, puro y tenebroso. Otra joya, esta pequeña y muy modesta: el ‘Hombre leyendo en una mesa’, breve lienzo atribuído a un discípulo de Rembdrandt que asombra por su captura hiperrealista de la luz.

Las luces de Londres

Mientras los pintores ensayan todos los matices de la luz, afuera ya ha anochecido. Tras la plaza de Trafalgar empieza el desfile del colorido y el neón: desde los teatros del West End hasta el exotismo de Chinatown y sus arcos decorados con aroma de parque temático. Los Miserables conviven con los cielos de lámparas rojas, y los colmados asiáticos con comedias calificadas de “irresistibles”. Todo está permitido bajo los focos de Londres, que podría hurtar justamente a París el calificativo de Ciudad de las Luces. No es necesario dejarse deslumbrar por las magnas prédicas publicitarias de Piccadilly Circus: todo el centro de la metrópolis está iluminado con generosidad y con buen gusto, con mucha más alegría (y libras esterlinas) que las tristes noches barcelonesas de la Rambla. Qué se le va a hacer. Ellos inventaron la bombilla. (Me llevo la visión inolvidable e infotografiable desde el puente de Waterloo a una hora indeterminada del anochecer: a un lado, los rascacielos y la cúpula de San Pablo, suaves y azulados; al otro, la noria y el lejano Big Ben con su verde resplandor).

Aunque la ciudad no duerma, como la Nueva York de Sinatra, nosotros no gozamos de ese privilegio y debemos encaminarnos a nuestra guarida, localizada en el barrio de Bayswater y no muy lejos de los primores pijos de Notting Hill. En una engañosa calle, repleta de fachadas de blanco suntuoso, nos esperaba el recepcionista del hotel, un señor perezoso y cobrizo. Con su acento indobritánico, nos condujo a una habitación minúscula y disparatada, donde era imposible estirar las piernas y tener la televisión encendida simultáneamente. Pesadillas del low cost.

El metro y sus poemas

Amanece en Londres. Día nuboso. Para ordenar el caos urbano, los londinenses han inventado una ciudad bajo la ciudad llamada Underground. El metro, uno de los mayores del planeta, ya se reconoce por méritos propios como uno de los símbolos londoners y parte fundamental de su historia intestina. Lo plasma a la perfección un cartel con motivo del 150 aniversario del suburbano: las líneas enmarañadas brotan bajo el suelo de la urbe como sus mismísimas raíces.

Hay que reconocerlo. Los londinenses atesoran un gran talento para los eslóganes. Cortos e incisivos. Desde el prebélico y cauteloso Keep calm and carry on(1939) hasta el más épico “Sangre, sudor, y lágrimas” de Churchill (1940), las frases ligadas a esta ciudad sintetizan a la perfección todos los grados del alma humana. Incluso han conseguido exportar un mensaje tan prosaico como el Mind the gap! (1969), es decir, “ojo con el hueco” –entre el andén y el comboy–, sintagma que se ha prestado a todo tipo de tuneos irónicos y turísticos. Los ingleses, muy zorros ellos, dominan tanto el carácter gentleman (caballero) como el pedestre (pedestrians = peatones).

En casa de la Reina

Enseguida pondremos los pies en la City, tan antigua y moderna a la vez, pero antes no podemos dejar de visitar, aunque sea fugazmente, el hogar de la Reina. Apartada y gris, la arquitectura de Buckingham Palace parece la mejor condensación de esa monarquía a veces imputada por el pueblo llano por delitos de dureza sentimental. Al drama de Lady Di me remito: su recuerdo no cuesta de encontrar en las postales, en los monumentos, incluso en el suelo que pisamos donde lucen medallones con su nombre. Los ingleses se resisten a olvidar su sonrisa, hoy apenas eclipsada por la más mediocre y resultona de Kate Middleton.

La guardia real, con sus marchas absurdas y sus gorros peludos, me hace pensar en Mr. Bean y aquel gag cruel en el que ponía a prueba la inmovilidad de los siervos de Su Majestad. Más allá de estos soldaditos de plomo, a veces un tanto ridículos, la mitología de la reina parece por encima de discusiones y contingencias. Algo personal, casi psicoanalítico, tienen los ingleses con sus mujeres reinantes. Victoria dio nombre a toda una era de la estética y la moral. La Reina de Corazones demuestra a la intrépida Alicia de Carroll quién manda aquí. Isabel II aguarda su final sin despeinarse. Amada o temida. The queen.

Y ahora sí: dejamos la ciudadela de la reina y nos vamos a la City.

La City

La geografía londinense tiene este capricho. La llamada City está muy alejada de las sedes del gobierno, el parlamento y la monarquía, y sin embargo es el verdadero centro histórico. Los torreones de la Torre de Londres nos lo recuerdan: el cuadrilátero medieval atestigua los tiempos fundacionales en que el poder todavía no había hecho las maletas hacia el oeste (ciudad de Westminster). He leído una definición urbanística de Londres tan pedante que parece graciosa: “hemipléjica y bipolar”. Hemipléjica, puesto que el lado norte del río está hiperdesarrollado, frente a la parálisis o vaciedad del otro; y bipolar, porque el Este y el Oeste se codean en importancia histórica.

La silueta de la Torre de Londres, en el claroscuro de la mañana, enseguida deja paso al otro gran símbolo de esta zona: el impresionante Tower Bridge.

“Te podemos dejar pasar o no. Tenemos ese poder”. Eso es lo que dirían, si pudieran hablar, las  dos torres neogóticas de este puente levadizo, tan formidable, que tantos suspiros fotográficos y cinematográficos ha suscitado. Tras él, entre el fragor financiero del distrito, se dibuja el moderno rascacielos 20 St Mary Axe o Swiss Re, nombres alambicados que los ingleses han orillado sabiamente en favor de apodos mucho más descriptivos, como “El Pepinillo” (Gherkin) o simplemente “El Pepino” (Cucumber). También se han atrevido con motes más abiertamente sexuales –Christal Phallus, parodia de Christal Pallace– y otros tantos que, reconozcámoslo, también nos han pasado por la cabeza a muchos catalanes frente a las formas rotundas de nuestra Torre Agbar. Por cierto, puestos a buscar paralelismos entre ambas naciones, incluso hay quien ha comparado las formas faloides de Jean Nouvel y Sir Foster con el gran hotel que Gaudí proyectó para Nueva York y que alguna mente criminal quiso recrear en el frustrado Eurovegas del Llobregat.

Del fuego a san Pablo

Otros monumentos no admiten tantas bromas. Paseando por la City es fácil toparse en algún instante con The Monument, el monumento por antonomasia. Esta altísima columna marca el lugar donde empezó el funesto incendio del siglo XVII, otra tragedia pegada a la piel de Londres como el Great Smog de 1952, con el agravante de su cifra diabólica (1666: Annus Horribilis). Al parecer, una chispa en una panadería originó el fuego devastador que arrasó buena parte de la ciudad, incluída la vieja catedral de San Pablo.

No estamos en Roma, pero casi. El arquitecto Cristopher Wren recibió el encargo de reconstruir la sede episcopal londinense y no dudó en emular las formas vaticanas. Desde entonces, la portentosa cúpula de Saint Paul es inseparable del skylinede la ciudad, e incluso inspiró el título y el arranque alegórico de la novela ‘La esfera y la cruz’ (1910) de Gilberth Keith Chesterton.

Benny Hill en la Tate Modern

El sol salió fugazmente aquella mañana e iluminó las texturas metálicas del Puente del Milenio. Este pasadizo posmoderno une el pasado y el presente. A un lado, la catedral barroca. Al otro lado, la Tate Modern. A unos arquitectos suizos se debe la conversión de esta antigua fábrica en uno de los museos de arte contemporáneo más célebres del mundo. Sus salas dan cobijo a los delirios de Dalí (los amantes caníbales o la hermosa e inquietante ‘Metamorfosis de Narciso’), a los dramas de Picasso (esa mujer llorando estalactitas), a las meditaciones de Rothko (su sala de pinturas abstractas parece una capilla a media luz) o las frías instalaciones de los artistas povera y conceptuales, siempre tan irremediablemente intelectuales.


Desde la orilla de la Tate se recuerda un pictograma mucho más frívolo: aquella careta de Thames Television que daba comienzo a las andanzas de Benny Hill o Mr. Bean. Imposible olvidar la estampa de la ciudad reflejada en el río, junto al sonsonete de ocho notas compuesto por Johnny Hawksworth (gracias, Wikipedia). El humor británico es una casa grande donde caben los Monty Phyton y también esa línea feísta, casposa, a mayor gloria del ciudadano mediocre y como decimos en catalán, curt de gambals que representan Rowan Atkinson o el gordezuelo perseguidor de doncellas. Quien no se haya reído con ellos, que tire la primera piedra. Vale, me aparto.

El pájaro y la momia

El día se va humedeciendo conforme seguimos la línea del Támesis en dirección oeste. El río estalla sucio y agitado en las pequeñas playas llenas de troncos y piedras. Al otro lado del Big Ben se divisa el complejo Vauxhall Tower, una futurista fortaleza de cristal que compite en petulancia con el Aracelor Mittal Orbit, el gigantesco amasijo escultural erigido en el otro confín de la ciudad. Sigue lloviendo y la meteorología nos invita a recalar cómodamente en otro de los incontables museos londinenses, la Tate Britain.


A diferencia de su hija Tate Modern, esta pinacoteca está enteramente dedicada a las obras maestras de los artistas británicos a lo largo de los siglos. No sólo los rutinarios retratistas de condes y perros; también el lápiz encendido de William Blake, con sus dibujos atormentados (Satanás hiriendo a Job) o misteriosamente serenos (La Piedad). O los trípticos de Francis Bacon, con sus aterradores crucifixiones modernas (el nuevo martirio es la pérdida de identidad). Sin olvidar el gozoso y maravilloso salpicón de espuma del artista pop David Hockney (‘A Bigger Splash’), las diosas prerrafaelitas o los paisajes difuminados de Turner que también tienen su legión de seguidores. Capítulo aparte para uno de los cuadros más hipnotizantes de la Tate Britain: ‘Experimento con un pájaro en una bomba de aire’ (1768) de Joseph Wright de Derby. La ciencia, tratada como prodigio religioso. Una espléndida variedad de reacciones humanas frente al novísimo milagro, versión empirista de los apóstoles agolpados alrededor de Cristo resucitado.



Y por supuesto, el recorrido por los museos de Londres no puede excluir el fastuoso British Museum, una gigantesca y mareante concentración de valor arqueológico y artístico que casi provoca al ciudadano medio una cierta vergüenza por estar allí (tan pequeño, tan insignificante ante las momias). Los mármoles de la Acrópolis siguen en su estado de robo vegetativo, mientras la misteriosa Piedra Rosetta nos enseña esos códigos secretos que permitieron descifrar la lengua de los jeroglíficos. El Google Translate lo inventó Napoleón. Penúltima parada de Londres: el mercado de Camden.

De los colores de Camden
a las aguas de Hyde Park

La capital británica es de muchos colores. Desde luego, el rojo domina la escena, con esa insuperable operación de marketing que ha igualado visualmente la bandera, los buzones y los autobuses. Pero hay lugares de la ciudad donde la norma es el arco iris. El bullicioso mercado de Camden es un buen ejemplo, con su rosario de fachadas multicolores, tematizadas con los más variados motivos lúdico-consumistas. Zapatillas deportivas titánicas, dragones voladores, caballos de madera o imponentes figuras de indios jalonan este popular paseo comercial del norte de la ciudad. En un chaflán, como ajeno a todo el trajín, un gran mural de John Lennon nos observa. Su rostro permanece mortuorio y gigantesco como corresponde al Che Guevara de la música.
Y nuestro periplo londinense termina en su pequeño paraíso terrenal, el Hyde Park. El lago Serpentine cruza este vasto parque urbano, envidia de las Europas y Nirvana de las ardillas. El perímetro exhibe toda su majestad a pesar de la facha triste que lucen sus árboles talados en invierno. Los gladiadores del footing recorren los caminos de buena mañana, cuando el parque todavía pertenece al reino de las aves.


Los cines nadan gallardos y soberbios; las gaviotas se agitan agresivas y peleonas; las palomas se encogen en su siesta de plumas; algún ave zancuda se brinda como exótica visitante. Todo un vecindario de caracteres cabe en estos márgenes acuáticos del Hyde Park, el perfecto y gigantesco escondite para alguien como Peter Pan. La obra de teatro de James Mattew Barrie nos dice que el muchacho voló hasta los jardines de Kensington creyendo ser un pájaro, y en ese lugar el hada Campanilla lo recogió para llevarlo al país de Nunca Jamás. Hoy, un broncerecuerda al boy who would not grow, el visitante de la ventana que mostró a Wendy su mundo de eterna pubertad. Quisimos fotografiarnos con él, como si, de algún modo, nos solidarizáramos con su melancolía de huérfano volador. Los científicos nos llaman homo sapiens, los eruditos, reyes de la creación, pero Barrie intuyó que los adultos somos, por encima de todo, niños perdidos.

Diario de viaje a Londres
Pau y Laura, 2-5 enero 2014

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diumenge, 12 de gener del 2014

'Lluvia de albóndigas 2': cuando Darwin encontró a McDonald's

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7

La máquina de nombre impronunciable vuelve para dejarlo todo perdido. Recordatorio para profanos en lluvias de albóndigas: la FLDSMDFR es un cacharro que convierte la lluvia en comida, de tal suerte que, si uno dirige los ojos al cielo, verá caer sándwhiches, pollos a l’ast, pastelitos y otros muchos desafíos calóricos. En la primera entrega ya pudimos comprobar el peligro prometeico que entrañaba el invento del joven Flint: el mundo, convertido en una divertida disaster movie alimenticia.

Tras el éxito de tamaña marcianada de la Sony, los creadores retoman la historia en aquel punto y, tras algún prolegómeno innecesario y mucho gag electrizado y bobalicón, vuelven a solazarnos con ese mundo sumido en la catástrofe cachonda por causa de las hordas de comida. La vuelta de tuerca es en clave darwiniana: las criaturas han evolucionado, y tenemos entre nosotros a las burguerañas (Big Macs que te persiguen cual tiranosaurios ávidos de ketchup), a los gambancés (chimpancés-gamba) o los tacodrilos (tacos-cocodrilos). Bienvenidos a Comidalandia.

Los directores juegan sin tapujos la carta de parodiar ‘Jurassic Park’, así como en la anterior entrega se mofaban a placer de las grandes producciones de catástrofes. Además, nos regalan algún feliz fichaje, como ese engendro balbuciente con cara de angelito Manga que es la fresa Fresi (la fruta saltimbanqui entretiene lo suyo, a diferencia de otros muchos personajes de la función, demasiado cargantes y subrayados, como la simia, el malo malísimo o ese hombre-pollo que parece salido de una despedida de solteros y que ya agotó su capacidad de sorpresa en la primera entrega).

En definitiva, otro atracón de alimentos de destrucción masiva, donde lo mejor vuelve a ser la inventiva imparable a la hora de concebirlos y diseñarlos. No alcanza el asombro y el talento de la primera, pero ese punto surrealista nos sigue teniendo el corazón robado, y alcanza incluso algunos momentos delirantes, como la subtrama de los pepinos-gremlins que se pirran por comer anchoas (!). Si orillamos su ingenuidad, su falta de pretensiones y su humor infantiloide, tenemos una nueva delicia pasajera y chispeante como los peta-zetas.

‘LLUVIA DE ALBÓNDIGAS 2’ DE CODY CAMERON y KRIS PEARN
LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LABUTACA


dijous, 9 de gener del 2014

’12 años de esclavitud’: bella, dura, honesta. Pero…

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7

Se ha dicho alguna vez que los tipos buenos son los más aburridos. No pocos actores confiesan su preferencia por interpretar a villanos, cínicos y gente desalmada en general, o por lo menos con serios desgarros morales, antes que a una buena persona chata y rutinaria. Quizá por eso Chiwetel Ejiofor no acaba de levantarnos de la butaca como protagonista de este drama, humanista y grandioso, sobre la esclavitud en Estados Unidos.

Demasiado bienintencionado, demasiado incontestable. El director de ‘Shame’, aquel pausado retrato sobre un adicto al sexo, vuelve a exhibir sus dotes de narrador analítico y elegante. Descarnado cuando es preciso. La idea motriz, basada en el relato real de Solomon Northup, está clara: cómo un hombre de clase media, padre de familia, pacífico y violinista, cayó de la noche a la mañana en las garras del fanatismo racista del siglo XIX. Los salvajes son ellos. En este sentido, el arranque es espléndido: la Historia estallando de pronto en el seno de una tragedia individual. Los grandes horrores de la humanidad ocurriendo cuando nadie se lo espera.

A partir de ahí, '12 años de esclavitud’ no se sale del guion y sigue serenamente las andanzas de Solomon para zafarse de su destino sobrevenido. Lo hace con un tempo a la vez clásico y moderno. Sin inventos ni sorpresas, pero también sin edulcorantes y sin apenas concesiones a la lágrima, lo cual es de agradecer en el cargante género de las americanadas. McQueen, londinsense, se adscribe más bien el canon británico: desde el rigor de los retratos ingleses hasta la crudeza de Francis Bacon. Véase la escena del casi-ahorcamiento: un largo plano secuencia que justifica toda la película.

El extenso drama (que no es a tiempo real, pero poco le falta) también cuenta a su favor con sólidas bazas en el reparto, especialmente Michael Fassbender –un carismático caudillo emborrachado de tedio y poder– o Benedict Cumberbatch, el Sherlock Holmes televisivo que demuestra tanta perfección para interpretar a seres pérfidos como a hombres de buena voluntad. Con clamorosas excepciones como Brad Pitt, cuya insulsa y fugaz aparición no hace honor a la importancia capital de su personaje, el reparto es impecable.

Y sin embargo… ¿por qué no nos emociona esta odisea de liberación, que tantos jalean como una obra maestra? Quizá por su excesiva obviedad. Es lo que es. A diferencia de cierto cine muy en boga, que pasa como el más cool e inteligente, el film de McQueen no exhibe dobles ni triples lecturas. Termina su faena con la misma disciplina con la que comienza. Un poco de pretenciosidad, y algunos tópicos, no más. El resto, pura profesionalidad de un maestro del medio, con un talento especial para la belleza plástica, los planos largos y las composiciones bidimensionales. Los campos de algodón tendrán que esperar su lista de Schindler.


12 AÑOS DE ESCLAVITUD (12 YEARS A SLAVE), DE STEVE McQUEEN
LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LABUTACA

dimecres, 8 de gener del 2014

Un cuento de Navidad neoliberal

'Cuento de Navidad' de Robert Zemeckis (2009)
Carles Guerra
Cultura/s, La Vanguardia, 8/1/2014

“Maurizio Lazzarato no duda en retroceder hasta Nietzsche y la Genealogía de la moral para sentenciar que ‘la deuda contraída se convierte en una deuda de existencia”.

La fábula de Dickens sobre la Navidad cuenta con una nueva versión. El texto de 1843, popularizado en pleno auge de la revolución industrial, podría ser equiparado al de Maurizio Lazzarato, un sociólogo italiano que tras el estallido de la crisis financiera publicóLa fabrique de l'homme endetté. Essais sur la condition néoliberale (2011). Si la historia de Scrooge representaba una ética del trabajo despiadada y una falta de humanidad que hería los buenos sentimientos, el ensayo de Lazzarato ha desvelado el nuevo contrato que amordaza a las sociedades endeudadas. Como ocurre en el texto de Dickens, no es la economía, sino un examen de vida el que descubre el peso moral de la deuda. La crisis ha fabricado una memoria tan efectiva de esta deuda que la culpa toma las riendas de la sociedad fundada en el crédito. “Esa tarjeta de plástico –como indica Lazzarato de forma sucinta– contiene la relación entre acreedor y deudor”. Ahí radica nuestro rito de iniciación al capitalismo.

“Si hasta el 2007 el crédito resumía la posibilidad de hacer o comprar, ‘cuando se bloquea, el futuro se encoge de golpe’”.

El intercambio económico que define la esencia del hombre endeudado queda refrendado por un chantaje psicológico. Lazzarato no duda en retroceder hasta Nietzsche y la Genealogía de la moral para sentenciar que “la deuda contraída se convierte en una deuda de existencia”. A su juicio, “el porvenir desaparece y con él la esperanza típica de los liberales”. Si hasta el 2007 el crédito resumía la posibilidad de hacer o comprar, “cuando se bloquea –explica Lazzarato en conversación con Cultura/s–, el futuro se encoge de golpe”.

“El acreedor se convierte en el dueño del tiempo (…) y así se pasa de un dispositivo económico a un proyecto político”

El acreedor se convierte en el dueño del tiempo, “posee el tiempo del otro con antelación y puede llegar a controlar todas sus acciones”, encaminadas a reembolsar la deuda. Así es como se pasa de un dispositivo económico a un proyecto político. El resto de la historia ya lo conocemos: “el estado entra en el mercado y nos deja sin alternativas, tal como diría Thatcher”. A partir de ese momento, la deuda es pública, se expía colectivamente y hace de cada uno de nosotros hombres y mujeres endeudados. Eso explica que en pocos años hayamos progresado de la épica del empresario a la vergüenza de la deuda. De accionistas a súbditos del mercado financiero. “Esta es una deuda que no conoce la solidaridad y se internaliza a título individual”. Por el contrario, “el anonimato de los acreedores permite venderla y traspasarla con total impunidad”. Con la deuda en circulación, como un activo más de los mercados, esta se vuelve eterna. El sistema financiero especula con ella y garantiza que, convertida en el principio de acumulación de riqueza capitalista, sea “infinita”. Lazzarato se arriesga a compararla, como hiciera Marx, con una encarnación del vampiro. “Succiona la plusvalía social y, rompiendo la relación entre trabajo y ganancia, la distribuye para provecho de los rentistas.”

Pero a pesar de que el préstamo hipotecario de la vivienda parezca el caso más lacerante, existen otras fábricas de deuda que trabajan a pleno rendimiento. Lazzarato subraya la dimensión de los préstamos solicitados por los estudiantes de universidades americanas. El año pasado alcanzaron un billón de dólares. Una cantidad que no difiere en gran medida del total destinado por Mario Draghi, presidente del BCE, a la adquisición de deuda soberana en Europa.

“El endeudamiento de los estudiantes manifiesta de manera ejemplar la estrategia neoliberal (…): ‘sustitución de los derechos sociales (…) por el derecho a contraer deudas’”.

En un segundo libro a punto de aparecer en Francia, Le gouvernement de la dette (2013), Lazzarato se muestra más explícito. El endeudamiento de los estudiantes manifiesta de manera ejemplar la estrategia neoliberal aplicada desde los años 70, una operación de “sustitución de los derechos sociales (derecho a la formación, a la salud, a la jubilación, etcétera) por el acceso al crédito, es decir por el derecho a contraer deudas”.

El reembolso de este tipo de créditos se cuenta entre 20 y 30 años. Y a pesar de que la carrera del estudiante se organiza, supuestamente, de forma autónoma y libre, el adiestramiento garantiza que el deudor organizará su vida en función del pago pendiente. “¿Qué mejor preparación para entrar en la lógica del capital, en sus reglas de rentabilidad, productividad y culpabilidad –se pregunta Lazzarato– que no sea la de ingresar endeudados?”. La deuda hipotecará sus comportamientos, salarios y ganancias futuras. Una actuación que “constituye el paradigma de la libertad liberal de la que sólo queda eso, el nombre”. La evolución de la gobernabilidad liberal desde el 2007 no hace más que probarlo. Se ha pasado de la intención de un gobierno mínimo –que constantemente se preguntaba por sus límites– a uno que no tiene freno, que lo gobierna todo bajo la coartada de las acciones técnicas.

“El hombre endeudado –que como Scrooge recibe las visitas de los espíritus navideños– sabe que el neoliberalismo nos conduce a un futuro insostenible, pero promete una ganancia inmediata”.

“Puestos a intervenir, hoy los gobiernos no intervienen sólo una vez, sino dos: la primera a favor de los mercados y la segunda contra la sociedad”. Sin olvidar los paralelos entre el cuento de Dickens y la fábula neoliberal en la que vivimos, aquí Scrooge saca a relucir su parentesco con Malthus. Entre las catástrofes naturales a las que se enfrenta el crecimiento de la sociedad habrá que añadir el mercado, tan variable como el clima.

El hombre endeudado –que como Scrooge recibe las visitas de los espíritus navideños– sabe que el neoliberalismo nos conduce a un futuro insostenible, pero promete una ganancia inmediata. Entre un futuro lejano y otro próximo, escoge el segundo. El primero queda demasiado lejos.

Carles Guerra
Cultura/s, La Vanguardia, 8/1/2014