divendres, 10 de maig del 2013

Sobre els moderns barcelonins


Valero Sanmartí
“El secret d’aquest efecte és que les noies, amb Mishima de fons i els llums apagats, ho tenen més fàcil per imaginar-se que follen amb el culte i ferotgement atractiu David Caraben, i no amb el calçasses ectoplasmàtic i lleganyós que tenen per nòvio, amb qui passen les nits mirant episodis de Mad Men (…). Els Mishima són les Cinquanta ombres de Grey dels matrimonis indies fracassats”.

(…) “Los modernos son como los sionistas. Intentaron ocupar la franja de Gracia, construir allí su paraíso hipster, pero se encontraron con la feroz resistencia de sus habitantes más antiguos: los perroflautas. Algunos modernos lo han entendido y han decidido probar suerte con otros barrios: Sant Antoni i Poble Sec, principalmente. Ahora que están felizmente instalados en la calle Parlament, ha llegado la hora de soltar a los perros atómicos”.

Valero Sanmartí, ‘Jo només il·lumino la catalana terra’ (2013) / Entrevista en ‘Tendències’ de ‘El Mundo’, 9/5/2013

dimecres, 8 de maig del 2013

Hola, soy yo


Joan Pau Inarejos
El teléfono, como el trabajo y la pareja, ha dejado de ser fijo. En este caso nos alegramos: la comunicación ya no conoce fronteras ni limitaciones. Al perder su cordón umbilical con el hogar, el aparato incluso perdió su nombre y quedó el mero adjetivo –el móvil-, mientras los italianos, siempre mucho mejor dotados para la plástica, se inclinaron por encoger el sustantivo con el entrañable telefonino.

Hace poco han conseguido rescatar la voz de Alexander Graham Bell. Es un documento emocionante: el padre del teléfono balbuciendo sus primeras palabras. Lo hizo en un disco de cartón encerado, cual mensaje en una botella, y la grabación es de lo más franca: “Escuchad mi voz. Alexander Graham Bell”. 15 de abril de 1885. El insigne inventor no aprovechaba para vindicar la paz mundial ni el fin de la esclavitud. Olímpicamente despreocupado del contenido, sólo quería comprobar el canal. Un dos tres probando.

Sin saberlo, Graham Bell inauguraba una de las funciones más socorridas del telefonino: comprobar que estamos ahí. En clase de Literatura lo llamaban la función fática del lenguaje: palpar el micro antes de hablar, decir ¿Sí? o ¿Aló? al descolgar el aparato, hacer una perdida, dar un toque o meter a alguien en un grupo de WhatsApp. Más aún todavía: lo que en 1885 era una necesaria probatura técnica, hoy lo hemos amplificado y popularizado hasta convertirlo en la pura erótica del canal. El placer de estar conectados.

Los más entusiastas ya imaginan un mundo donde ni siquiera habrá que llamar ni mensajear, porque nuestra vida será un continuum disponible. El canal seremos nosotros. No tendré que decir que soy Graham Bell porque ya lo sabrás y te lo habré sacado de la punta de la lengua. Al final, se cumplirá la expectativa visionaria de mi sobrino de un año: cuando coge un teléfono, siempre cree que hay alguien al otro lado.

Foto: Early Office Museum

divendres, 3 de maig del 2013

*Austericidi: qui mata a qui?


Joan Pau Inarejos
Molts pensaran que no és hora de debatre sobre paraules, i que, quan algú assenyala la lluna, el ximple es fixa en el dit. Mirarem el dit en aquestes línies. Certament, les retallades estan fent estralls arreu d’Europa, i no seria exagerat considerar que atempten contra la vida i la dignitat de les persones. Tanmateix, en aquesta justa indignació se’ns ha colat una paraula injusta: austericidi.

Encantats amb la nova joguina, una corrua de polítics, periodistes i sindicalistes fan anar aquest mot amb una alegria alarmant. Diuen que és una paraula efectiva, que parla per si mateixa, que té la concisió d’una pancarta. L’austeritat ens mata = austericidi. Tuit resolt.

Dissortadament, la realitat no es cansa d’arruïnar bones piulades i intencions òptimes. No pas la realitat social, en aquest cas, sinó la realitat lingüística (llengua: una cosa que permet ajuntar subjectes i predicats i fins i tot posar accents al Twitter). N’hi ha prou de repassar termes com homicidi, suïcidi, parricidi, i tots els cidis que es fan i es desfan a les pàgines de successos, per comprovar que aquestes expressions ens parlen de la víctima i no pas del botxí. Magnicidi és matar Kennedy, i no Kennedy empunyant una pistola. No saber qui mata a qui pot estar bé per a una novel·la d’Agatha Christie, però és menys operatiu en una depressió econòmica.

En el fons, això de l’austericidi és una mala còpia de Jiménez Losantos. El factòtum de l’ultraliberalisme espanyol va fer fortuna fa uns anys amb l’apel·lació al lliberticidi: els socialistes, els comunistes, els catalanistes –deia ell– són gent que assassina la llibertat individual de les persones. Políticament destraler, intel·lectualment deplorable, però lèxicament amb els papers en regla.

No podem dir el mateix d’aquest austericidi, que possiblement soni més contundent que justicidi, socialicidi, igualicidi o el ras i curt genticidi que suggereix l’amic Lluís Mata (atenció, Mata amb majúscules), però que en tot cas comet un claríssim llengüicidi amb nocturnitat i traïdoria. Si donéssim per bona la parauleta de moda –com avalen alguns lingüistes amb ganes de marxa– resultaria que l’insecticida seria un escarabat monstruós que ens mataria a nosaltres, una imatge kafkiana i poc desitjable.

Foto: www.ugtpublic.org


dimarts, 30 d’abril del 2013

Cariño, me han dicho que la belleza está en el interior, así que desnúdate


Joan Pau Inarejos
Tengo comprobado que eso de la belleza interior es un producto propagandístico al servicio de intereses espurios. Mucho cuidado con aquel que os diga que “el físico no cuenta, lo importante es como son las personas por dentro”. ¿Por dentro de dónde? A no ser que todos estos predicadores apelen a la armonía de las vísceras y sus ligamentos, sus mucosas y sus bulbosidades rosáceas, parece claro que estamos ante una metáfora. Y de las peligrosas.

La culpa de la propagación de este mito en una serie de generaciones la tiene en buena medida la Disney, tras meternos en el cerebro aquella banda sonora que decía “no hay mayor verdad / la belleza está / en el interior” (La Bella y la Bestia). Dejando aparte el hecho de que estos versos eran cantados por una tetera –ignoramos la experiencia que puedan tener las piezas de la vajilla para pronunciarse sobre este tipo de cuestiones- no nos puede pasar por alto que tan bonita apelación a la lindeza del alma tenía una finalidad social muy clara y muy terrenal. Se trataba de que la muchacha de la aldea, sospechosa lectora de novelas en plena burricie del Antiguo Régimen, se casara a toda costa con el aristócrata. El castillo necesitaba su dama.

Por otra parte, predicar la belleza interior de alguien debe activar todas las alertas en el interfecto. Rara vez se molestan en alabar tu belleza interior cuando eres un pibón alucinante o un tío que se las lleva a todas de calle. Cuando dicen que tu fondo es muy bueno es que tu superficie deja mucho que desear. Con toda probabilidad, los románticos alemanes eran muy difíciles de ver, o directamente cardos borriqueros, porque fueron ellos quienes acuñaron la vidriosa apelación al “alma bella”. Esta es una afirmación que Popper llamaría infalsable: mi alma es bella, no te lo puedo demostrar pero créetelo. En tu casa o en la mía.

No hemos citado a los alemanes al azar. Los pueblos mediterráneos, de raigambre griega, siempre habían creído en la belleza que se manifestaba a plena luz del día (la famosa tríada platónica de lo bueno, hermoso y verdadero), mientras que hoy son gobernados por civilizaciones con otros criterios estéticos. Videntes y cancilleres que creen atisbar verdades y objetivos de déficit entre las tinieblas de un cuadro de Friedrich. Con todo, los verdaderos visionarios, como he podido comprobar hoy, son los publicitarios. Ellos proclaman que “lo que importa es el interior” para vender culottes y lencería fina.

dilluns, 29 d’abril del 2013

‘Iron Man 3’: más hombre, más hierro, más Downey Junior


por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7,5

Ojos saltones, greña al aire, sonrisa mefistofélica, Robert Downey Junior se ha convertido en uno de esos actores que magnetizan el aire que respiran. A sus 48 años, desintoxicado de una vida poco recomendable, se interpreta a sí mismo como nadie. Abrasador y chulesco. Narcisista y desencantado. Rápido y socarrón. Un sorbo de café cargado.

El hombre que transformó a Sherlock Holmes en un dandi canalla vuelve a revestirse con el traje de hierro y los gadgets inverosímiles para su tercera aventura como Iron Man. Tercer plan de vuelo con más de lo mismo: ritmo frenético, guion bruñido como el metal, exhibicionismo audiovisual. Una ristra de gags malévolos dedicados a Ringo Starr, el Thor de la Marvel o Bruce Willis. Y Robert Downey Junior, claro, sin el cual todo sería incomparablemente más aburrido.

Esta vez, Tony Stark deberá enfrentarse a un líder terrorista de largas barbas y modos suntuosos, un Ben Kingsley en abierta caricatura pulp de Bin Laden -ojo a la pantalla, porque la parodia va muy en serio-. Malo malísimo con inconfundible sabor a cómic, perfecta demostración amoral de cómo Estados Unidos  ha convertido el difuso mundo árabe-islámico en el nuevo territorio simbólico del mal y en un fácil disparadero de sus miedos nacionales. La película lo sabe, lo utiliza y lo invierte ingeniosamente.

En medio de un ritmo de feria no siempre constante, la tercera cruzada de Downey/Stark viene repleta de imágenes de gran potencia, casi rupturistas. Todo un hallazgo esa Gwyneth Paltrow fortuitamente enfundada en el traje de superhéroe, en insólita inversión de roles ("yo te protejo"), o la escena en la que Tony se saca a sí mismo del fondo del mar gracias a su mano extraíble (bella metáfora del hombre capaz de tirar de sí mismo, a la guisa del barón Münchausen que salió del pantano tirándose de la cabellera, como gusta recordar José Antonio Marina).

El hombre y sus prótesis. El hombre y su alter ego metálico. Su vida ligada a un corazón recargable. Muchos son los guiños a la ciencia-ficción con los que 'Iron Man 3' salpica sus quizá excesivos 130 minutos, por otra parte entregados a la pirotecnia comercial más desacomplejada. Veremos al creador perdiendo el control sobre su Criatura -ese ataque nocturno, desasosegante y frankensteiniano-, departiendo cómicamente con el robot averiado en el sofá o batiéndose en duelo dialéctico con su asistente virtual -la ubicua voz instructora que siempre nos recordará al Hal de '2001'-. 

También nos tienta la imagen de ese héroe en retirada, buscando una segunda vida como mentor de sus hijos artificiales (su galería de ironmans autónomos) pero no seríamos justos sin reservar un homenaje sincero y admirado a una de las mejores escenas de acción y suspense que se han filmado jamás en el género. Un rescate en el aire que es pura adrenalina. Que obliga a levantar las manos y aplaudir si tienes sangre en las venas.

IRON MAN 3, DE SHANE BLACK
LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LABUTACA

dilluns, 22 d’abril del 2013

'Looper' (2012): yo contra mí


Atención: el artículo contiene pequeños detalles del argumento

por JOAN PAU INAREJOS
Nota: 7,5

Los terapeutas suelen recomendar que “enterremos lo malo en el pasado”, y eso es lo que hacen los mafiosos de ‘Looper’ del modo más literal posible: mandar sus cadáveres a un tiempo pretérito, para mejor deshacerse de ellos y no tener que buscar los consabidos escondrijos en descampados y fondos lacustres. Idea brillante para abrir fuego en este thriller de ciencia-ficción donde Joseph Gordon-Levitt parece hereadar los rasgos de Keanu Reeves  (‘Matrix’), para batirse en duelo generacional con un Bruce Willis -el hombre a una metralleta pegado- que sigue explotando sin rubor su imagen de héroe decadente.

Bañada en cine negro, oscura y lóbrega como casi todo lo que ha traído el género tras 'Blade Runner', la película de Rian Johnson dibuja un futuro donde la gente estará dispuesta a comerciar con su propio futuro para ganar compensaciones inmediatas. La famosa guerra hobbesiana del hombre contra el hombre alcanza aquí tintes extremos: el hombre contra sí mismo, en lucha descarnada frente a sus alter ego del pasado y del futuro. Sólo puede quedar uno.

Como en 'Minority Report', el protagonista se convierte en víctima inesperada del sistema para el cual trabaja (Jeff Daniels al mando, con socarronas barbas), pero a diferencia de aquélla, aquí la estética es mucho más cruda y próxima a nosotros. Los deportados en la máquina del tiempo, con la cabeza cubierta junto a los campos de cereales, evocan inevitablemente a los presos de Abu Graib y a los bajos fondos de la nada ficticia guerra contra el terrorismo. Esta iconografía tan contemporánea se conjuga resultonamente con las escenas de acción más comerciales y el etéreo aire de misterio made in Shyamalan.

Quizá son los personajes, pobremente desarrollados, los que achatan un poco tan ingeniosa vuelta de tuerca al universo de la ciencia-ficción. Con mayor grosor dramático resultaría más creíble ese giro de guion sobre la redención humanista de un mundo cruel: una autoinmolación casi de resonancias cristianas, un mundo vacío de héroes que sólo podrá ser salvado por mártires. Y por cierto, qué guasa del séptimo arte que Bruce Willis sea un Herodes infanticida tras haber auxiliado a niños que veían muertos.

LOOPER, DE RIAN JOHNSON
LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LABUTACA


dimarts, 16 d’abril del 2013

Harry, no mires a la luz


Joan Pau Inarejos
Andaba el otro día por la calle, sumido en mis rutinas, cuando un fulgor rojo reclamó mi atención. Un señor me puso en alerta, con un comentario fugaz que pronunció en enérgico acento andaluz de modo espontáneo y sin dirigirse a nadie. ¡Joé, qué bixo má raro! Nuestro peatón pasó de largo apresuradamente, con una mueca de aprensión, pero yo quise acercarme al lugar de los hechos, llevado por una morbosa curiosidad. El ser que levantaba estas muestras de asombro era un insecto de innegable aspecto exótico, poseedor de un hermoso colorido rojo-negro y un caparazón reluciente que terminaba en un hocico de tres puntas. No le había visto jamás por el barrio.

Intrigado, tomé una fotografía de aquella rara mezcla de cucaracha y mariquita y la sometí al comité verificador de las redes sociales, el #GranOjo que todo lo sabe y si no se lo inventa. No tardaron en informarme de que se trataba del picudo rojo, el temible escarabajo invasor que se dedica a liquidar nuestras palmeras con entomológico instinto de asesino en serie. Entonces me sentí culpable por haber admirado a un ser tan destructivo y despreciable. La naturaleza, muy zorruna ella, está llena de reclamos estéticos que encubren tremendas amenazas y maldades. Las setas más maravillosas son bombas de veneno. La Biblia ya avisa que Satanás era el más bello de los ángeles. Y esa inquietud disonante me carcomía al recordar al escarabajo picudo, brillante en el suelo como un rubí perdido.

Las fascinaciones son peligrosas, y si no que se lo digan a los mosquitos de la película 'Bichos' de Pixar, que sucumbían a la tentación de las farolas y caían achicharrados ("No puedo evitarlo... es tan bonita..."). Literalmente, se dejaban deslumbrar, una palabra que concentra la sabia precaución del pueblo llano ante el exceso de esplendor de las cosas. Estoy tan receloso tras la experiencia con el picudo rojo, que esta madrugada casi me ha conmovido ver a una sucia polilla revoloteando sobre mi teclado, una asquerosa devoradora de suéteres que no engaña a nadie.