dissabte, 15 de gener del 2011

El jardí de Gaudí

ARMAND PUIG
 Evoca tres paradisos: el jardí de l'Edèn, on Déu conversa amb l'home i la dona; l'hort de Jerusalem, on Jesús s'apareix a la Magdalena; i la nova Jerusalem, l'esposa que celebra les noces amb l'Anyell-Jesucrist
El punt crucial de tota edificació, que és la sustentació, queda resolt per l'arbre, per la columna-arbre, per l'arbre-bosc, per la volta-branques, per la volta-fulles, pels òculs-llum, pels pinacles-fruits. D'aquesta manera, la basílica [de la Sagrada Família] esdevé la nova Jerusalem, una rèplica augmentada de l'arbre de la vida, plantat al cim (!) de la façana del Naixement, que dóna fruit dotze vegades a l'any. Aquest arbre-bosc es converteix en una plantada d'arbres fruiters, amb dotze menes de fruita, un autèntic jardí on sempre és temps de collita. Podríem dir que la nau de la basílica evoca tres paradisos: "el jardí de l'Edèn", on Déu conversa amb l'home i la dona (Gèneso 2,15-25), "l'hort" de Jerusalem, on Jesús s'apareix a Maria Magdalena (Joan 20, 11-18) i en darrer terme, el "paradís", la nova Jerusalem, l'esposa que celebra les seves noces amb l'Anyell-Jesucrist, el seu espòs (Apocalipsi 19,7).

Armand Puig, 'La Sagrada Família segons Gaudí' (2010)
Imatge: http://www.sagradafamilia.cat/
 

Definición de tertuliano

[Carlos Taibo, en 'Contra los tertulianos] constata que el tertuliano ha ido mutando en todólogo manipulable y manipulador. Se le exige el rigor de un experto, la amenidad de un actor o la oratoria de un líder.

SERGI PÀMIES, EN 'LA VANGUARDIA', 14/1/2011 

divendres, 14 de gener del 2011

'También la lluvia': thriller moral en las Américas

LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA 
por JOAN PAU INAREJOS 
Nota: 7,5    

Está bien hacer buenas películas, pero hay que acabarlas. Aunque parece de perogrullo, vale la pena recordarlo ante obras tan notables, creativas y magistralmente filmadas como 'También la lluvia', de Iciar Bollaín, donde el brillante paralelismo entre la América de finales del XV y la de principios del XXI desemboca en un frustrante desagüe de azúcares y buenos sentimientos.
Luis Tosar y Gael García Bernal (socarrón y español el primero; sedoso y mexicano el segundo) sostienen con buen oficio esta película dentro de la película, en la piel de unos productores que viajan a Bolivia para recrear la invasión colombina. Allí, sin embargo, deberán enfrentarse a un suceso real y nada poético, la guerra del Agua de Cochabamba, que enfrentó a miles de ciudadanos desabastecidos contra el gobierno privatizador de Hugo Banzer.
Con gran finura cinematográfica, Iciar Bollaín ha tenido el acierto de trenzar ambos momentos históricos, con una alternancia de imágenes sobre el pasado ficticio  y el presente real de los latinoamericanos que dibuja plano a plano un valiente alegato contra la explotación y la prepotencia occidental. Una película cien por cien política, que con gran habilidad da la vuelta a la épica de 'La Misión' y que logra unas cuantas escenas antológicas, como el ensayo en el hotel, ante una camarera boliviana convertida en actriz accidental, o el ácido encuentro entre los cineastas y el gobernador de Cochabamba, con el fragor de las protestas como permanente telón de fondo. 
En el capítulo de virtudes, aún deben añadirse las formidables individualides: Carlos Aduviri descolla en su papel de indígena insobornable y Karra Elejalde (el Colón de ficción) convence con su pose de frívolo solitario, fraternal pese a todo (como demuestra una diminuta y fantástica escena con los indios). Buenos actores, imaginativo guión y excelente puesta en escena -sucia y realista- componen lo más parecido a un thriller moral, donde los supuestos filántropos quizá se revelarán como negreros, y viceversa.   
Parece mentira que pueda fallar algo, pero, en efecto, hacia el final del metraje, todas las expectativas puestas en tan ágil y verosímil relato se diluyen en una deriva demasiado complaciente y bienintencionada, donde, traicionando el espíritu de la cinta, acaba triunfando el paternalismo de los blancos europeos y la sobada iconografía progre de las etnias unidas. Una cinta tan arrojada merecía cerrarse con un puñetazo en el ojo, y no con una sonrisa candorosa.

Lo mejor leído en 2010



1 Netherland de Joseph O'Neill ****
El escritor irlandés dibuja un Nueva York desencantado y fascinantemente palpable con esta novela de 2009 donde el solitario Hans y el magnate Chuck se suben a la noria de los sueños inacabados; sus líneas resucitan a Fitzgerald y a los gigantes del realismo.

2 Identitat de Zygmunt Bauman ***
El sabio polaco vuelve a iluminar nuestro siglo XXI líquido y desarraigado, con un ensayo de 2004 donde constata la imparable generación de residuos humanos (parados, precarios, inmigrantes) y el refugio de los inviduos en el iglú de la seguridad personal y la lírica solitaria de los auriculares.  LEER UN FRAGMENTO

3 El capitalismo funeral de Vicente Verdú ***
No estamos ante una simple crisis económica, sino ante un acontecimiento cultural: el colapso del capitalismo de ficción,  un sistema virtual que ha convertido las finanzas en un videojuego donde aparentemente no existe lo material, lo moral ni lo doloroso. Virtuoso atestado escrito en 2009. LEER UN FRAGMENTO

4 Alicia a través del espejo de Lewis Carroll ***
Con esta segunda entrega de las andanzas de Alicia (1871), el reverendo inglés sube un peldaño más en su mundo de constante creatividad irracional. Imperdible partida de ajedrez donde las reinas enemigas, los insectos mutantes y los gemelos inquietantes cantan un himno a lo onírico.

5 Arquitectura milagrosa de Llàtzer Moix ***
Detallado y sugestivo documental literario sobre los años de la arquitectura estrella en el solar ibérico, cuando los Santiago Calatrava, Frank O. Gehry y Zaha Hadid se convirtieron en los reyes del mambo de una España dirigida por nuevos ricos en busca de votos y prestigio. LEER UN FRAGMENTO

La nave 'Voyager 1' llega a los confines del Sistema Solar, donde se detiene el viento de la estrella

Noticia completa en EL PAÍS.es, 13 diciembre 2010 
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dimecres, 12 de gener del 2011

La Navidad de los muertos

balcó
ANTONI PUIGVERD
El invierno representa a la muerte, pero empieza con la Navidad, que promete la luz. La luz es ahora corta y débil, pero triunfará dentro de unos meses.
Cada año, horas antes de que se ponga el sol y llegue la Nochebuena, acostumbro a salir de paseo por las afueras de Girona siguiendo un camino de tierra del que ya les he hablado otras veces. Dejo atrás la ciudad bordeando el río Onyar, cruzo un pequeño bosque y alcanzo, en los límites del municipio, el aislado vecindario de la Creueta, donde coexisten extrañadamente inmigrantes en pisos arruinados y universitarios en edificios de diseño. Después de salvar un enorme viaducto, el camino cruza el Onyar y atraviesa unos campos amenos en los que, en este húmedo final de año, despunta verdísimo el cereal de invierno.

No sé por qué no encuentro a nadie por el camino en este atardecer navideño. Generalmente, por esta ruta que en antaño fue vía férrea pululan deportistas de toda clase y condición: corredores que sudan la gota gorda, ciclistas tan ensimismados como veloces, mujeres andarinas y dicharacheras, lentos ancianos que sorben la miel del día. 

En vigilia de la Navidad, sin embargo, los caminos están vacíos, como si el tiempo cotidiano se detuviera y dejara paso a un tiempo más lento y profundo, para el que no valen las acciones normales y corrientes. Cuanto más intenso es, en el vacío de los campos, el ruido de mis pasos, más claramente percibo la presencia de los que me acompañan con pasos invisibles. Algunos de estos pasos son muy sonoros y persistentes (Artur, que murió de cáncer, como mis padres). Otros pasos son suaves como un pensamiento fugaz (la madre de Can Mutxera, que componía el belén más espectacular del barrio). Cuando más solo estoy, en este paseo navideño, más nutrida es la compañía. “¿Qué es para ti la Navidad?”, me pregunta Jordi Sacristán, delicado periodista que conduce el magazine finisemanal de ComRàdio. Navidad es el tiempo de mis muertos.

Así consta en un famoso cuento de Joyce. Después de la cena de Navidad en casa de las tías Kate y Julia, después de la abundante comida, de las discusiones políticas, de los brindis, cánticos y conversaciones, y después, claro está, de su aplaudido discurso literario, Gabriel se dispone a salir. Pero Gretta, su esposa, se detiene extasiada en el quicio de la puerta. Aduciendo ronquera, Bartell d'Arcy, que no quiso actuar en toda la velada, está finalmente cantando. Una antigua melodía: La joven de Aughrim. El rostro de Gretta cambia súbitamente y, en el coche, de regreso al hotel, se muestra ensimismada.

Quizás debido al extraño distanciamiento de su esposa, Gabriel siente un poderoso impulso sexual, pero no consigue atraerla. La conversación avanza penosamente hasta que, en un ataque de llanto, ella le cuenta que un joven murió por ella poco después de cantarle, en plena noche, La joven de Aughrim. Era un joven pretendiente de salud precaria. Desafiando la lluvia, se escapó de la cama en la que estaba recluido a causa de la tuberculosis, para cantar bajo su balcón con la esperanza de verla. 

Ella le dijo que se iba a morir con tanta lluvia, pero él respondió que no quería seguir viviendo. “¡Puedo ver sus ojos ahí mismo!”. Después de contarle la historia de Michael Furey, Gretta, finalmente, se duerme. Gabriel siente una punzada de celos y admira cómo su esposa ha guardado durante tantos años en su corazón la mirada de este joven. Supone que esto, que él nunca ha sentido, es verdaderamente amor. Mira por la ventana. Está nevando. Observa la nieve caer sobre la ciudad, sobre Irlanda entera. Sobre los vivos y los muertos. Cubre la calle y cubre las lomas del cementerio en el que está enterrado Michael Furey.

Nunca se marchan nuestros muertos, propiamente. Descansan en algún cementerio remoto y regresan justamente para estas fechas navideñas. Este es el verdadero significado del anuncio más tópico de estas fechas. Se reúnen en nuestras mesas, nos cuentan sus viejas historias, nos recuerdan sus olores y gestos, el sonido de sus voces, sus miradas. Cuestionan nuestros pasos. “¿Por qué?”. Preguntan por todo. Especialmente por aquello que ya no puede arreglarse.

El invierno también llega por Navidad. Deja en el campo una palidez morada. Durante mi paseo, los charcos cubren el camino y reflejan un cielo plomizo. De repente, un rayo de sol ilumina los árboles deshojados y el verde naciente del cereal. Es la luz de la tarde que se abre camino en el invierno plomizo: es la promesa de la primavera. Empieza el crudo invierno, pero la promesa está ahí.

De esto habla la Navidad: de la extraña manera que tiene el invierno de mezclarse con la primavera. El invierno representa a la muerte, pero empieza con la Navidad, que promete la luz. La luz es ahora corta y débil, pero triunfará dentro de unos meses. La Navidad promete esta luz no sólo a los que siempre ganan, sino a los que siempre pierden. Sobre esta promesa se funda nuestra civilización ahora en crisis. El humanismo.

ANTONI PUIGVERD, ‘LA VANGUARDIA’ | 27/12/2010 

dissabte, 8 de gener del 2011

'Entrelobos': Rousseau trota por Sierra Morena


LA PELÍCULA EN LA MEJOR WEB DE CINE: LA BUTACA 
por JOAN PAU INAREJOS 
Nota: 6,5   

Vaya por dónde: después de 'Bruc' (Daniel Benmayor) Juan José Ballesta vuelve a ponerse en la piel de otro buen salvaje, y donde allí hablara en catalán con las facciones ennegrecidas de un carbonero, aquí chapurrea en andaluz para interpretar al personaje real de Marcos Rodríguez Pantoja, un hombre que se vio obligado a vivir entre lobos durante su infancia y juventud en la Sierra Morena de los años 50 y 60.

Sin embargo, aquí, los méritos no se los lleva nuestro camaleónico Bola (a pesar de su apoteósica aparición hacia el final de la cinta), sino más bien un churumbel de corta edad llamado Manuel Camacho. El tierno actor interpreta la niñez de Marcos con una candidez y una convicción sensacionales, y se adueña con mucho de los mejores momentos de esta historia bienintencionada sobre la posibilidad de convivir con las fieras. De esta delicada aproximación entre el niño y la bestia, con una cámara paciente y curiosa, ya nos dio cuenta hace poco, y en un género radicalmente distinto, 'Cómo entrenar a tu dragón', la cinta de animación de DreamWorks.

Es ésta una utopía recurrente que bebe de fuentes proféticas (Isaías: "El lobo vivirá con el cordero y un niño les guiará"), de vidas de santos (San Francisco de Asís y su amigo lobo), y a cuya nostalgia primitiva dio una forma laica el ilustrado Jean-Jacques Rousseau con su tesis sobre el buen salvaje, que vive feliz e incontaminado por la sociedad, presunción que ha irrigado todas las ficciones modernas sobre indios buenos y niños silvestres, desde Mowgli a 'Bailando con lobos' pasando por Pocahontas y tantos otros.

'Entrelobos', del director Gerardo Olivares, imprime en la retina un mundo natural recio y bellísimo, esta Sierra Morena seca y cavernaria que pese a su localización cordobesa evoca fácilmente los versos asombrados de Unamuno acerca del campo castellano ("Qué hermosura la de una puesta de sol en estas solemnes soledades") y que viene a reeditar, con sus fabulosas escenas de caza y de vida bajo tierra, las majestuosas estampas de aquella serie documental llamada 'El hombre y la tierra' que mitificó al naturalista Félix Rodríguez de la Fuente.

Con tanta ambición visual, es una auténtica lástima que Gerardo Olivares haya descuidado la planificación de la trama, atropellando el final con una aparición de Ballesta sonrojantemente efímera (que huele a simple cebo comercial por los cuatro costados) y con una invasión de cazadores tan impecable como previsible. Sancho Gracia y Carlos Bardem rezuman maestría y saber hacer en sus respectivas trincheras interpretativas, pero a este Libro de la Sierra (José Arce dixit en LaButaca.net) le hubiéramos pedido menos lobos y algo más de galope narrativo.