dijous, 15 de febrer del 2007

Gran angustia: se acabó la Edad Media

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Durante la plenitud de la Edad Media, el hombre había afrontado con tranquila seguridad la existencia, apoyado en una fe inconmovible y bien arropado por la Iglesia universal e indiscutida. Dios era el ‘firmamentum’, como tantas veces le llaman los Salmos, el pilar, la fortaleza del cristiano; un Dios clemente, luminoso, explicado por la Iglesia (…).

“Alemania estaba psíquicamente estremecida y verdaderamente enferma de terror a las brujas”

Pero en las postrimerías de la Edad Media, tan sólida y armoniosa edificación amenaza desmoronarse. La cultura se artificializa y pierde contacto con la vida. “El mundo está cansado de las sofísticas sutilezas de la “Teología”, escribía en 1520 el dominico Padre Faber. Y los hombres comienzan a desesperar de todo. Paul Joachimsen ha afirmado que “el miedo al pecado” era “el sentimiento más extendido de toda la época”. El P. Grisar escribe que el “mal de la época” consistía en la duda y la melancolía depresiva. Según Joseph Lortz, Alemania estaba, en este tiempo, psíquicamente estremecida y verdaderamente enferma de terror a las brujas, de terror a la vida; el miedo atroz a la sífilis y al peligro de su contagio, que desde 1495 venía padeciendo Europa, acreció estos graves estremecimientos interiores y se produjo un difuso y general estado de angustia, el “terror germánico”.

Esta disposición anímica a la angustia, que “estaba” en la época, era congénita en Lutero, como lo demuestran sus infantiles terrores, las brujas y demonios que tempranamente poblaron su imaginación y el mismo acto de su profesión religiosa, legendariamente nacida del voto emitido a la vista del rayo en la amenazadora tempestad; pero ‘después’ fue atizada y fomentada por el occamismo [Guillermo de Occam, filósofo enfrentado a la Escolástica].

“Lutero temblaba desde niño al pensar en el Infierno o en Dios”

Efectivamente, si a la concepción occamista del Dios irracional, arbitrario y tremendo, responde Lutero con el terror, terror sacro, por ejemplo, del todavía fraile, ante la proximidad del Santísimo en una procesión, a la concepción también occamista, de la capacidad del hombre, por sí solo, para cumplir aquella arbitraria e imprevisible Voluntad, responderá –muy naturalmente en un hombre propenso a recaciones de tipo extremado- con la desesperación (…).

Lutero temblaba desde niño al pensar en el Infierno o en Dios. El miedo a condenarse le arrastró al claustro. Allí, falsamente guiado por la teología occamista, pretendió elevarse por sus propias fuerzas, por sus propias ‘obras’ –mortificaciones, ayunos, rezos, continencias- hasta la santidad. Naturalmente, fracasó. Y entonces desesperó. Ortega ha dicho alguna vez que el origen histórico del cristianismo fue la desesperación. Esta afirmación es enteramente cierta aplicada al cristianismo de Lutero.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Mira cómo se divierten los impíos

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Pascal [Blaise Pascal, siglo XVII] es incapaz de sacudirse el peso de la culpa. Ni el arrepentimiento, ni la conversión, ni la penitencia misma pueden aliviar su inmensa pesadumbre, y por eso se indigna de que el alfligido por la desgracia se distraiga un momento jugando a la pelota, y de que haya gentes que esperen despreocupadamente la hora de la muerte.

“Les preguntó qué haría cada uno de ellos si se les anunciase la inminencia de la muerte”

Cuánto más católica aquella respuesta, atribuída a San Luis Gonzaga, cuando, justamente en ocasión de estar jugando a la pelota con sus jóvenes compañeros de religión, preguntara alguien qué haría cada uno de ellos si se les anunciase, de pronto, la inminencia de la muerte. Tal respondió que correría a la iglesia; otro, a pedir confesión; un tercero, que a postrarse de hinojos ante la imagen reverenciada, etc. San Luis Gonzaga dijo, sencillamente, que él proseguiría jugando a la pelota. Estupenda respuesta. Ni Pascal, ni mucho menos ningún jansenista o protestante, podrían comprender que el juego de la pelota, el ‘divertissement devant l’Arche’ de David y de Henri Brémond, sean, a su manera, fervorosa oración también.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

dimecres, 7 de febrer del 2007

El yugo protestante

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

Que el protestante es un hombre ‘superstitiosus’, en el sentido profundo de la palabra, me parece evidente. Y no sólo por el “miedo a la religión”, tan a la vista en un Lutero, por ejemplo, sino en el ‘cuidado’ de Dios, por la preocupación religiosa que ha arrojado aquel primer reformador, y más todavía Calvino, sobre cada uno de los que le siguen, para que la lleven continuamente en su pecho. Este es también el sentido atrozmente gravoso que toma, dentro del protestantismo, la afirmación del ‘sacerdocio general’ de los fieles cristianos.

“En contraste con esta concepción, ¡qué ligera y casi alada nos parece la vida dentro del catolicismo!”

Cada hombre es su propio sacerdote. No puede acudir, como nosotros [católicos], cuando el peso del pecado nos doblega, a ningún ‘cura’, porque la ‘cura’, el cuidado de sí, sólo a él incumbe. Religión sin caridad, de hombres desolados, condenados a perpetuo aislamiento.

En contraste con esta concepción de la existencia religiosa como fardo que es menester transportar sobre los débiles hombros humanos, ¡qué ligera y casi alada nos parece la vida dentro del catolicismo! ¡Y cuán mitigada también la condición antigua! Es verdad que ni los griegos ni los romanos tenían que cuidar de su destino en el sentido que se les ha impuesto a los protestantes. Este les era inexorablemente trazado por los dioses o por aquellos hados –Moira, Ananke, Heimarmene- que aun sobre éstos últimos se alzaban, y les era revelado por oráculos o auspicios. La vida se convertía así en una trayectoria fatal, impuesta desde fuera, libre de ‘cuidado’, sí, pero sin más salida que la resignación o la desesperación (…).

“ ‘ Que dance la barquilla como pueda y como deba; en el más allá está firme el áncora’ ”

Los protestantes que llegan a conocer suficientemente un país católico advierten con sorpresa el amparo espiritual que procura esta religión. Así, Karl Vosser, en su biografía de Lope de Vega, aunque el empacho de moral que queda a los protestantes cuando ya casi han dejado de serlo, le condene a la deformación caricatural de los rasgos católicos (…):

“Lo monárquico, español, católico y nacional envuelve y protege de modo tan seguro, paciente, severo y bondadoso la vida sentimental e instintiva, agitada en exceso, del poeta, que la libera de una vez para siempre de las hondas crisis de conciencia, de la angustia psíquica, del temor de la muerte y de la propia responsabilidad; de manera que puede dejarse vivir alegremente, como si el reino de Dios fuese ya realidad en torno suyo. En un mundanal reino que, como la España de los Habsburgos, con tal poder y con tal éxito rechazó el asalto del individualismo religioso, podía, en efecto, prosperar muy bien la creencia de que, amparado en la verdad única, acolchado ya aquí abajo paradisíacamente, podía uno permitirse toda clase de desenvolturas, regocijos y barrabasadas”.

“Que dance la barquilla como pueda y como deba danzar: en el más allá está firme el áncora. Que la humana criatura, por el bien o por el mal, se descoyunte aquí abajo hasta perder el resuello, al cabo, por la soga de la muerte presa, es cosa venial y perdonable, en tanto se mantenga vinculada a la verdadera fe, aunque este vínculo sólo sea el rosario de una alcahueta”.

JOSÉ LUIS LÓPEZ ARANGUREN, ‘CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO COMO FORMAS DE EXISTENCIA’ (1952)

dijous, 1 de febrer del 2007

La "desesperación silenciosa" del obrero

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

Hay que leer los textos de Simone Weil [filósofa francesa, 1909-1943] sobre la condición del obrero fabril para saber hasta qué grado de agotamiento y desesperación silenciosa puede llevar la racionalización del trabajo. Simone Weil tiene razón cuando dice que la condición obrera es dos veces inhumana, privada de dinero, primero, y de dignidad después. Un trabajo por el que uno puede interesarse, un trabajo creador, aunque mal pagado, no degrada la vida.

“El socialismo propone una justificación histórica pero no toca la desdicha obrera”

El socialismo industrial no ha hecho nada esencial para la condición obrera porque no ha tocado el principio mismo de la producción y de la organización del trabajo, que, por el contrario, ha exaltado. Ha podido proponerle al trabajador una justificación histórica de igual valor que la que consiste en prometer los goces celestiales a quien se mata trabajando; no le dado nunca el goce del creador. La forma política de la sociedad ya no está en tela de juicio a este nivel, sino los credos de una civilización técnica de la que dependen igualmente capitalismo y socialismo. Todo pensamiento que no hace avanzar este problema no toca más que apenas la desdicha obrera.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

Marx hundido por el E=mc²

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)


El progreso de la ciencia, a partir de Marx, ha consistido, en líneas generales, en sustituir el determinismo y el mecanicismo bastante tosco de su siglo por un probabilismo provisional. Marx escribía a Engels que la teoría de Darwin constituía la base misma de la de ellos.

“El marxismo hoy sólo es científico a condición de serlo contra Heisenberg, Einstein…”

Para que el marxismo permaneciera infalible hubo, pues, que negar los descubrimientos biológicos posteriores a Darwin. Como se dio el caso de que tales descubrimientos, desde las mutaciones bruscas constatadas por De Vries, consistieron en introducir, contra el determinismo, la noción de azar en biología, hubo que encargar a Lyssenko [Trofim Lyssenko, biólogo soviético] que disciplinara los cromosomas, y demostrara de nuevo el determinismo más elemental. Lo cual es ridículo.

Pero que se le dé una policía a monsieur Homais y dejará de ser ridículo, y ahí está el siglo XX. Para ello, el siglo XX tendrá que negar también el principio de indeterminación en física, la relatividad restringida, la teoría de los quanta y, por último, la tendencia general de la ciencia contemporánea. El marxismo, hoy día, sólo es científico a condición de serlo contra Heisenberg, Bohr, Einstein y los mayores sabios de este tiempo.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

"El san Pablo del positivismo"

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

Comte [Auguste Comte, creador del positivismo, 1798-1857] veía en el culto jacobino de la Razón una anticipación del positivismo y se consideraba, con razón, como el verdadero sucesor de los revolucionarios de 1789. Continuaba y ampliaba aquella revolución suprimiendo la trascendencia de los principios y fundando, sistemáticamente, la religión de la especie. Su fórmula: “Apartar a Dios en nombre de la religión”, no significaba otra cosa.

“Esperaba ver, en las catedrales, ‘la estatua de la humanidad divinizada’”

Inaugurando una manía que, posteriormente, ha hecho fortuna, quiso ser el san Pablo de aquella nueva religión y sustituir el catolicismo de Roma por el catolicismo de París. Sabido es que esperaba ver, en las catedrales, “la estatua de la humanidad divinizada en el antiguo altar de Dios”. Calculaba que tendría que predicar el positivismo en Notre-Dame antes del año 1860 (…).

“Comte sabía que su religión era una sociolatría”

Comte lo sabía, por lo demás, o al menos comprendía que su religión era en primer lugar una sociolatría y que suponía el realismo político, la negación del derecho individual y el establecimiento del despotismo.

Una sociedad cuyos sabios serían los sacerdotes, dos mil banqueros y técnicos reinando en una Europa de ciento veinte millones de habitantes en la que la vida privada sería absolutamente identificada a la vida pública, en la que una obediencia absoluta “de acción, de pensamiento y de corazón” sería tributada al sumo sacerdote que reinaría sobre la totalidad, tal era la utopía de Comte que anunciaba lo que puede llamarse las religiones horizontales de nuestro tiempo.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

La dictadura del bien

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)

“Fuera de las leyes- dice Saint-Just [Louis Antoine Léon de Saint-Just, líder revolucionario francés aliado con Robespierre, 1767-1794]- todo es estéril y está muerto”. Es la república romana, formal y legalista. Sabida es la pasión de Saint-Just y de sus contemporáneos por la antigüedad romana. El joven decadente que, en Reims, se pasaba horas con los postigos cerrados, en un cuarto con colgaduras negras, adornadas con lágrimas blancas, soñaba con la república espartana.

“Saint Just soñaba con una nación vegetariana”

El autor de ‘Organt’, largo y licencioso poema, experimentaba tanto más la necesidad de frugalidad y virtud. En sus instituciones, Saint-Just negaba la carne al niño hasta la edad de dieciséis años y soñaba con una nación vegetariana y revolucionaria.

“El mundo está vacío desde los romanos”, exclamaba. Pero se anunciaban tiempos heroicos; Catón, Bruto, Mucio Escévola volvían a ser posibles. De nuevo florecía la retórica de los moralistas latinos. “Vicio, virtud, corrupción”, estos términos se repiten constantemente (…). La razón era simple. Aquel bello edificio, Montesquieu lo había visto, no podía prescindir de la virtud. La Revolución francesa, pretendiendo construir la historia en un principio de pureza absoluta, abre los tiempos modernos al mismo tiempo que la era de la moral formal.

ALBERT CAMUS, ‘EL HOMBRE REBELDE’ (1951)