dimarts, 2 de maig del 2006

Salm des del laberint


Tant de bo haguessis nascut en un estable entre el bou i la mula, i els angelots poblessin la fosca lila de la nit, i ens miressis i et complaguessis com un pare jove que mira un nou fill plorant desconsolat. Res no em faria més feliç: que tot es pogués treure fora i tot es pogués convertir en el més senzill i brillant ou de Pasqua. Tant de bo la veritat fos una, insondable i misteriosa, però una.
Però quan alço la mirada apareix tota una altra cosa. Un filòsof pèl-roig m’observa amb un rostre de cent ulls, i es mofa de la meva humanitat i la meva petitesa. Només hi ha ulls, i plecs, i trenes entortolligades. És el déu de l’angoixa: és un i són molts, l’eixam dels sofistes de mil llengües i mil agullons.
La febre m’assalta i m’enfonso en el remolí infinit. Per totes bandes volen posseir-me. No sé qui són, però sé que em despedaçaran, perquè ja noto els budells i els sucs del cos com fan guerra i es rebel·len. Vull creure que sóc innocent, que no tenen raó, però, podria allunyar-los? Tu ets omnipotent, jo només un home.
Jo un home que en el malson àcid, en la solitud d’aquest autobús, en els nervis a flor de ventre de bon matí, en el laberint monstruós dels textos i textos et pregunta: Senyor, on ets?
 
JOAN PAU INAREJOS, DESEMBRE 2003



dijous, 27 d’abril del 2006

Viena, drogada y mórbida


La verdadera capital del formalismo fue la Viena imperial, hasta 1918. Th. W. Adorno ha dicho que la juventud intelectual de entonces era formalista por falta de realidad disponible. Como los empleos estaban sólo en Alemania y las casas eran muy pequeñas, tenían que refugiarse en el café y jugar al ajedrez, intercambiar versos o cultivar la lógica. Pero de ahí saldrá la mejor escuela de historia del arte, basada en la capacidad de ver los sistemas de formas –incluso soñando con una “historia del arte sin nombres”, como pura evolución del sentido del espacio.

SE HA TARDADO mucho en reconocer todo el valor que para la “historia del espíritu” –si cabe emplear aquí ese término alemán- tiene la Viena del cambio de siglo, “el fin del imperio”. Era inevitable que quedara en penumbra en comparación con París –“la capital del siglo XIX, como la llamó Walter Benjamin, aun cuando la aventajara ya en poder real Londres, poco dada a una política de difusión cultural como parte de la expansión imperialista-. Pero es que también ocurría algo de lo mismo respecto a Berlín, que, no sólo en lo militar, lo económico, lo industrial y lo técnico, sino en ciertos aspectos culturales, representó para Viena, quizá injustamente, el motivo de un “complejo de inferioridad” –término vienés, por cierto-.

Y es que los propios vieneses de entonces no sabían que eran tan importantes como ahora resultan ser en nuestra visión del pasado inmediato de la cultura. Todo ello con un elegante desánimo, en parte íntimo, pero en parte debido a la conciencia de que el país –el Imperio- no tenía por delante verdaderas posibilidades de grandeza a la moderna. Todo ese período fue un “alegre apocalipsis” como diría retrospectivamente uno de ellos, Hermann Broch, para caracterizar el estado de ánimo vienés desde el momento en que empieza nuestra rememoración más admirativa: el “vacío de valores” por el que Viena podía considerarse “centro del vacío de valores europeo”.

Cuando esa guerra que se empezó creyendo que los soldados austrohúngaros, tras dar un escarmiento a Servia, estarían de vuelta en casa para celebrar las Navidades de 1914, fue encaminándose a su fatal catástrofe como Primera Guerra Mundial, algunos incorregibles bromistas vieneses dijeron que, mientras el Estado Mayor alemán había afirmado “La situación es seria, pero no es desesperada”, el Estado Mayor austrohúngaro habría dicho en otra parte: “La situación es desesperada, pero no es seria”.

En efecto en esa “época de oro” vienesa era difícil tomar nada en serio, no sólo porque los valses y las polkas consolaran de los desastres, sino también porque los pensadores más rigurosos y los literatos más sugestivos eran los primeros en señalar que, al fin y al cabo, todo es cuestión de palabras.

José María VALVERDE, Viena, fin del imperio, en Historia de las mentalidades, Obras Completas / foto: Dánae, de Gustav KLIMT

dijous, 23 de març del 2006

Las neuras de Amory

Mientras caía la llovizna, Amory pensaba fútilmente en la corriente de su vida: momentos resplandecientes y sucios estancamientos. Para empezar seguía teniendo miedo, no un miedo físico sino miedo a la gente, a los prejuicios, a la miseria y a la monotonía. Cuando a menudo se acusaba de ser un ególatra, algo replicaba ultrajado: “¡No, genio!”. Era otra manifestación de miedo, aquella voz que le susurraba que no podía ser al mismo tiempo bueno y grande, porque el genio era la exacta combinación de aquellos inexplicables surcos y pliegues de su cerebro que una disciplina cualquiera moldearía para la mediocridad.

Probablemente, más que cualquier otro vicio o fallo, Amory despreciaba su propia personalidad. Le repugnaba saber que mañana y los mil días siguientes se inclinaría pomposamente ante el primer halago y se enojaría ante la primera censura, como cualquier músico de tercera o cualquier actor de primera. Le avergonzaba el hecho de que casi toda la gente simple y honesta desconfiara habitualmente de él. Y el haber sido cruel, a menudo, con las personas que habían sacrificado su personalidad por la de él… varias mujeres y un compañero de colegio aquí y otro allá. Y haber sido una mala influencia para mucha gente que le había seguido en sus aventuras mentales, de las cuales sólo él había salido indemne.

De repente sintió un invencible deseo de irse al diablo. Y no violentamente, como se iría un caballero, sino desaparecer tranquila y sensualmente. Se imaginaba a sí mismo en una casa de adobes en México reclinado sobre una manta, sus dedos finos y artísticos sosteniendo un cigarrillo, mientras escuchaba las guitarras, que tañían melancólicamente una antigua endecha de Castilla, y una joven aceitunada, con labios de carmín, acariciaba su pelo. Allí podría vivir una extraña letanía, liberado del bien y del mal, a resguardo de todos los sabuesos del cielo y de todo dios (excepto de ese exótico dios mexicano ya de por sí bastante relajado y adicto a los aromas orientales), liberado de todo éxito y esperanza y pobreza para caer en esa indulgencia que, después de todo, conducía al lago artificial de la muerte.

Francis Scott FITZGERALD, A este lado del paraíso, p 280 / foto: Park Güell

dissabte, 4 de març del 2006

La voz de mi amado


¡La voz de mi amado! Miradlo aquí llega, saltando por montes, brincando por lomas.


Es mi amado una gacela, parecido a un cervatillo. Mirad cómo se para, oculto tras la cerca, mira por las ventanas, atisba por las rejas.

Habla mi amado y me dice: «Levántate, amor mío, hermosa mía, y vente.

Mira, ha pasado el invierno, las lluvias cesaron, se han ido.

La tierra se cubre de flores, llega la estación de las canciones, ya se oye el arrullo de la tórtola por toda nuestra tierra.

Despuntan yemas en la higuera, las viñas en cierne perfumean. ¡Anímate, amor mío, hermosa mía, y ven!

Paloma mía, escondida en las grietas de la roca, en los huecos escarpados, déjame ver tu figura, deja que escuche tu voz; porque es muy dulce tu voz y atractiva tu figura».

Cazadnos las raposas, las pequeñas raposas que devastan las viñas, porque nuestras viñas están en flor.
Mi amado es mío y yo de mi amado,que pasta entre azucenas.

Antes que sople la brisa,antes de que huyan las sombras, vuelve, amado mío, imita a una gacela o a un joven cervatillo por los montes de Béter.

Cantar de los Cantares 2, 8-17

dilluns, 16 de gener del 2006

La maleta marinera

Pere CALDERS
La sorra de la platja era ben roent. Per complaure a Julieta, em col·locava al mig de la zona calenta i aguantava la cremor amb un somrís alls lavis. Julieta estimava que els seus galantejadors cultivessin el perill. En el transcurs del meu enamorament, més d’una vegada havia estat a punt de trencar-me l’ànima saltant una cadira de passeig, o acoronant el cap d’un gos vagabund, o discutint amb els empleats dels serveis públics coses que afectaven llur dignitat professional.

La platja es presentava singularment propícia a l’abandonament i a la insolació. Tot ajudant Julieta a cenyir-se les carabasses al voltant del seu cos meravellós vaig convidar-la a ficar-nos a l’aigua fent bracet.

Mentre em remullava el cap agafant grapats de mar amb el palmell de la mà, vaig descobrir que Julieta s’ensopia. Indubtablement, calia fer quelcom i, tractant d’extreure de l’element que ens voltava totes les possibilitats, vaig decidir fer un capbussó ben profund i ben prolongat i, per tant, ben perillós.

La meva enamorada m’agraí la idea amb un cop d’ulls. Abans de submergir-me, em va fer amb la mà un gest d’adhesió que encoratjava l’exercici de qualsevol temeritat.

Colgat d’aigua, la vida submarina s’oferia al meu esguard amb tota la seva riquesa i varietat: conquilles de marisc, peixos de vora costa, meduses, fragments de mosaic i terrissa de països exòtics, cames de banyistes perdudes de contorns i desmaiades com una imatge de la mort.

Una cosa molt estranya en aquell medi va sorprendre’m profundament: a le mava esquerra, entre unes plantes de mar i unes petxines, vaig descobrir una maleta. Però no pas una maleta malmesa per la sal iles tempestes marines, sinó que presentava un perfil net i una superfície llisa com si fos feta per estar-se en aquell lloc, precisament.


LA TROBALLA va abreujar el meu esforç d’enamorat. Vaig agafar la maleta per la nansa i vaig remuntar-me per sortir a flor d’aigua, sacsejant tot el cos a grans batzegades. Julieta saludà joiosament la descoberta. En contacte amb l’aire, la pell de la maleta repel·lí l’aigua i s’assecà instantàniament. Aquella singularitat va agradar molt a tothom. Havíem tret la maleta cap a la platja i un grup de gent ens voltava, comentant les propietats de l’objecte. Un guardià de banys, amb aire d’emetre amb judici molt precís, digué:

-Jo sé què és, això. És una maleta marinera. Heu estat de sort, jove, perquè ja no se’n troben gaires.

Però no volgué donar-nos més detalls. Una noia prima em preguntà si la maleta contenia quelcom. En realitat pesava força i no pas perquè estigués plena d’aigua puix que, a dins, un objecte balder sorollava repicant les parets. Una mà va allargar-me una eina especial, una mica suspecta, i obrírem la maleta.

Estava folrada de seda blanca i contenia un petit elefant de metall bo, damunt del qual una figura femenina aguantava un corn marí. En un racó, la noia prima va descobrir-hi una targeta amb la següent inscripció: “Azaya Lendhi. A Barcelona, carrer de les Claus, 24”.

L’endemà cercava el número 24 del carrer de les Claus, molt emmurriat. Havíem tingut una escena desagradable amb Julieta perquè ella, pretextant que el seu instint li advertia que Azaya Lendhi era el nom d’una dona aventurera, volia que li fes retornar l’elefant per mità d’un ordinari. No obstant, àdhuc sense entendre-hi gaire, vaig adonar-me de seguida que l’elefant i la figureta del corn marí tenien un gran valor i no podien confiar-se a qualsevol desconegut.

L’adreça indicada corresponia a una vella casa d’aquestes que semblen construïdes de cara al turisme primari i poc entès. Damunt la porta del cap de l’escala hi havia una targeta com la que havíem trobat a la maleta. Va obrir-me un noi vestit amb una absurda granota de seda groga, i em féu passar a un saló recarregat de draperies i ple de perfums, que semblava la tenda d’un fals milionari oriental.

S’obri un joc de cortines, en una mutació una mica complicada, i es presentà davant meu una d’aquestes dones que, de tant boniques, us maten les il·lusions. Tota ella anava vestida amb una roba densa, pesada, que li fixava les actituds en volums estatutaris d’una gran dignitat. Duia enfilalls de perles pertot arreu, obtenint efectes d’un mal gust superior als meus coneixements.

Vaig allargar-li el paquet, murmurant tot de declaracions d’amor a primera vista, i vaig quedar-me contemplant la seva joia i escoltant les seves oracions de gràcies, obrint la boca de pura admiració.


Deixà l’elefant damunt d’una tauleta baixa i va mirar-me. No era pas una mirada de cortesia o de regraciament: era una d’aquestes mirades que hom s’imagina en èpoques d’eufòria i que només de pensar-hi engresquen la marxa del cor. M’agafà una mà i va dir-me:

-Ets tu, potser, l’objecte de la promesa?

Anava a respondre-li que era gairebé segur que no, car jo no sabia res d’aquella promesa, però no va pas interessar-se per la meva opinió. M’empenyé fins a prop de l’elefant i va fer que amb el meu índex toqués suaument el cap de la figura. Aleshores s’esdevingué un fenomen sense importància: del corn marí que aguantava la figura, va sortir-ne una petita bengala lluminosa, de colors vius que tenyien de llum irisada totes les coses que tocaven.

Va semblar que allò era el senyal que donava sentit a la vida d’ella. M’abraçà posant-hi tota l’atenció i em féu uns petons absorbents, als quals jo m’abandonava amb els ulls closos. En ple èxtasi, el record de Julieta em donà consciència d’una mena de dignitat que exigia el cultiu de l’heroisme. Vaig apartar aquella dona, tot dient-li:

-Senyora, deixeu-me anar, estic compromès i em reteniu il·legalment!

Em contestà que tot l’assumpte de la maleta, l’elefant i la bengala de colors era un sortilegi oriental molt obligador i que no hi havia res a fer.

-Però, senyora –vaig insistir-, Julieta no es creurà res de tot això del sortilegi oriental.

En esmentar el nom de Julieta, la cara d’ella es trasmudava. Va preguntar-me si jo creia que Julieta es mereixia gaire les meves atencions i, en respondre-li que sí, em féu passar a una petita cambra, l’únic mobiliari de la qual era una taula que sostenia una gran bola de vidre fosforescent. Sense dir res, començà a passar i a repassar les mans damunt la taula i finalment m’anuncià:

-Vet aquí la teva Julieta.

A dintre la bola es perfilà la imatge d’una caseta de banys, a l’interior de la qual Julieta dedicava a un home de raça negra sol·licituds que sempre m’havia negat a mi.

Des d’aleshores visc amb la dama de les perles, la qual, ultra estimar-me molt, em distreu amb el joc d’unes prestidigitacions orientals que farien la felicitat de qualsevol.
Pere CALDERS, Cròniques de la veritat oculta

dissabte, 7 de gener del 2006

Tres visiones femeninas

UNA: LA JOVEN Y LA SERPIENTE

El licor me llevó a un paisaje marítimo, amaneciendo en un pueblo de pescadores. En la playa, créanme, había una chica prisionera de si misma. Su cuerpo era una especie de malla, un capullo de seda en el que la pobrecita se agitaba y se revolvía. No tenía brazos, o bien los tenía cruelmente tejidos y ocultos dentro de aquel cuerpo de red. Debo aclarar que no era un monstruo ni un gusano gigante. Al contrario. Pese a todo, era una joven hermosa y, desde donde yo podía ver, lucía unos ojos azules enormes y arrebatadores. La chica prisionera de si misma miraba hacia el mar y el viento le dibujaba trenzas crepitantes. Escondido tras las rocas, me atormentaba pensar que quizá era una sirena a medio hacer, desechada por un Neptuno apresurado o vaya usted a saber por quién. Deseaba irme, pero no pude reprimir una última mirada. La joven sin brazos abrió dos ojos como dos ventanas e intentó con desespero huir a rastras por la arena: una serpiente, larga y escamosa, se paseaba a su vera y la rodeaba sigilosamente. Lancé un grito de horror. La serpiente levantó su cuello. Se volvió hacia mí. Su cabeza era un cráneo desnudo, coronado con cuernos de macho cabrío.


DOS: LA GIGANTA

Jadeando aún por el sobresalto, corriendo a toda prisa, el paisaje se me volvió a transformar y aparecí, diminuto como un insecto, en la habitación de una mujer. Mi anfitriona salía del baño. Se secó el cabello con una toalla y se tumbó desnuda en la cama. Me asusté al verla, pero enseguida pensé en todas las fábulas sobre los hombres invisibles y eso me dio un gozo tranquilo, como el que se siente ante un gran acuario. Trepé por su pierna, seguí por el brazo y vi que estaba tomando una copa. El licor era denso y dorado. Bajé de su mano de un salto, anduve por la mesita de noche, aparté esforzadamente un despertador y entonces vi una botella esbelta que guardaba algo dentro del líquido. Me pareció ver una mitra y, en efecto, medio tapado por la etiqueta había un obispo, algo más grande que yo, perfectamente embotellado y algo arrugado por la humedad.


Y TRES: EL VUELO DE LOS OJOS

Miré a la giganta y pensé en lo irreverente de sus gustos. Me sonrojé, lo recozco. Puede que el burbujeo del licor me hubiera llegado a la nariz, o quizá la pequeñez súbita hacía estragos en mi cerebro, pero al mirar hacia arriba, hacia el rostro de la joven impúdica, vi que sus ojos se multiplicaban, se borraban de la cara y volaban hacia el cabello, y ella se agitaba graciosamente como si le hicieran cosquillas. Me fui brincando hacia su vientre y le pisé el ombligo, pero no pareció molestarle. Quién sabe si ya me había descubierto, y me observaba como un nuevo juguete.



Joan Pau INAREJOS, 2006 / dibujos: Joan Pau Inarejos, 2004




diumenge, 1 de gener del 2006

Vida del abuelo

Martita corría con sus dos patas inseguras y regordetas entre los cacharros de la casa. Todas las ventanas abiertas y por abrir le iban trenzando flores de luz en la cara. La puerta de la habitación estaba ajustada. La empujó un poco con las manos y se fue dibujando la cama.

El abuelo se incorporó. Se colocó las gafas con el semblante oscurecido y cuando vio a Martita entre las rendijas de sus cataratas, en el rostro se le trazó una hinchazón de ternura.

-¡Ven aquí, mala cosa!

Martita se hacía de rogar, con sus cuchicheos secretos de pajarillo. Corrió al regazo del abuelo. Éste la abrazó por detrás y le besó la mejilla.

Ese día el abuelo comió sin apetito, con las brazos caídos y la mirada ondulante y desorientada. Jaime le observaba de reojo. Martita, con la cabeza por encima del mantel y el babero rosa atándole los cabellos por detrás, hablaba idiomas incomprensibles con Rigoberta, su muñeca de trapo sin ojo izquierdo.

-Papá, Martita y yo nos vamos a pasear. ¿Se viene usted?

-No, hijo, me quedaré arreglando todo esto.

Se fueron y el abuelo, en vez de arreglar nada, se puso a fabular y se imaginó a sí mismo siendo niño como Martita. Con zapatos brillantes y chalecos. Paseando por los callejones estrechos del puebo, que olían a piedra y a mar, a sal y a ropa, chupando regaliz y llamando a todas las puertas. Las vecinas pellizcándole la mejilla y diciendo qué rico.

Afinó la memoria y se vio a si mismo. Iba con su reloj de bolsillo roto, las canicas de cristal que la hacían los muchachos de los hornos, y siempre con Antolín, el chucho piltrafoso que había recogido en algún surburbio y que no le dejaban subir a casa porque meaba los muebles.

Tuvo una novia. Tenía la piel cobriza, palpitante y curva, como de aceituna morada o de rara berenjena. Cada día corrían a verse medio de noche y de escondidas, y se metían en los portales a besarse y a buscar a tientas, con mozo desespero, botones y cremalleras.

Por aquellos tiempos Antolín se quedó solo. El muchacho ya no se acordaba de echarle pan y queso. Se fue muriendo con el bezo caído por el pueblo, arrastrando las latas y cordeles que el amo había olvidado quitarle.

A la niña sin nombre siempre se la tragaba la noche, hasta que un puntito andante era lo que más se parecía a ella. Él volvía a casa por la subida de la iglesia, en la otra dirección. Pasando entre el grueso campanario, grisáceo en las tinieblas, iba espantando palomas con el alma blanda y viuda.

Jaime y Martita llegaron al caer la noche. Él venía con los cabellos amoldados por el viento, cargando algunas bolsas. La niña traía un reír débil, bañado en sueño.

-¿Qué tal, padre?

Dijo que estaba cansado y se iba a acostar. “¡Usted es el único abuelo del mundo que se cansa de estar sentado!”, bromeó Jaime. El abuelo miró a Martita. Se había dormido en el sofá con Rigoberta.

JOAN PAU INAREJOS, 2000