dijous, 7 de juliol del 2005

Tele-caridad


La era moralista era disyuntiva, la era posmoralista es conjuntiva, reconcilia el oropel y el corazón, los decibelios y el ideal, el placer y la buena intención. Ya no se trata de inspirar el sentido austero y exigente del deber, sino de sensibilizar, distraer, movilizar al público. Nada debe estropear la felicidad consumista del ciudadano-telespectador. Hasta el desamparo se ha convertido en ocasión de entertainment. A través de la reviviscencia caritativa, la que se afirma es la cultura hedonista de masas, la caridad-business no expresa la rehabilitación de la buena vieja moral sino su disolución posmoralista. Hemos ganado el derecho individualista a vivir sin sufrir el aburrimiento de los sermones, todos los focos sobre el espectáculo de las variedades y los desheredados, risas y lágrimas, hasta la moral debe ser una fiesta.

La tele-caridad es inseparable de la excitación que procura la grandeza de los buenos sentimientos y el suspense de los tanteos. 'Olimpiada de la beneficiencia', 'maratón del corazón': hay algo de competición en estos nuevos shows filantrópicos que vibran a la espera de los récords, de la curiosidad de las realizaciones humanitarias, de la efervescencia de las acciones continuadas.

El maximalismo del deber ha sido reemplazado por el hiperbolismo de las movilizaciones y récords en cifras. El público de los shows de caridad no está cautivado por la moralidad en sí misma sino por la espiral de gestos del corazón, el espectáculo del trofeo de las donaciones, la excepcional diversidad y condensación de las personalidades generosas de sí mismas, el atletismo del compromiso de todos.


Gilles Lipovetski, El crepúsculo del deber, 136

diumenge, 3 de juliol del 2005

De calidad, por favor


La fidelidad reivindicada
en nuestros días ha perdido toda dimensión de incondicionalidad. Lo que se valora no es la fidelidad en sí, sino la fidelidad durante el tiempo que se ama. No se trata de reviviscencia de la fidelidad burguesa cuyo objetivo era la perpetuación del orden familiar: nunca ha habido tantos divorcios, tanto reconocimiento al derecho de la separación de los esposos. El plebiscito contemporáneo de la fidelidad no tiene nada que ver con una exigencia virtuosa, traduce antes que nada la aspiración individualista al amor auténtico sin mentira ni ‘mediocridad’. Sí a la fidelidad pero sólo como apéndice o correlato natural del amor.

A través de la fidelidad se sacraliza la calidad de vida y de lo relacional, allí donde la persona no es manipulada, traicionada, considerada como un juguete. La fidelidad se coloca en la actualidad del lado de la búsqueda intensiva de los afectos, no de la solemnidad de los juramentos: el individualismo cualitativo ha reemplazado al individualismo cuantitativo del ‘mariposeo’. Deseamos más la ‘calidad total’ de las relaciones íntimas que la libertad, que ya tenemos. Y en la actualidad la excelencia relacional significa autenticidad en los afectos, respeto a la persona, compromiso completo de los seres, aunque sea para un tiempo determinado: todo, pero no siempre.


Gilles Lipovetski, El crepúsculo del deber, 69

El sentido miniaturizado


Paradoja: cuanto más se absorbe Narciso en sí mismo, más sueña con una larga vida a dos. En el reconocimiento social de la fidelidad hay, en efecto, la angustia, la sinrazón de las aventuras sin mañana, del vacío de la repetición de los amores fugitivos. La época del consumo no deja de afanarse en la erradicación de lo que podrían ser ‘goces improductivos’: todas las energías deben ser funcionalizadas, capitalizadas, optimizadazas, hay que higienizar, responsabilizar, mantenerse joven y en forma. La ofensiva contra la ‘parte maldita’ continúa su camino. Ya no se cree en los grandes objetivos de la historia, se desea la funcional y la ‘razón’ privada. La espiral del individualismo no equivale a un desenfreno de los cuerpos sino a los placeres constructivos, a una búsqueda de sentido miniaturizado.


Gilles Lipovetski, El crepúsculo del deber, 70

No sex


El rechazo del sexo
que, aquí y allá, se reivindica a veces a título de nueva moral debe ser interpretado como una manifestación de la cultura del posdeber. De qué se trata, en efecto, sino de no depender del otro, de protegerse contra los riesgos del sida, de desear ser deseado sin comprometerse íntimamente: lo que en otro momento era una obligación moral ahora no es más que una elección individual intermitente, una higiene en ‘kit’, un culto narcisista. La ‘nueva castidad’ no tiene significación virtuosa, ya no es un deber obligatorio dominado por la idea de respeto en sí de la persona humana, sino una autorregulación guiada por el amor y la religión del ego.

Ethos de autosuficiencia y de autoprotección característico de una época en la que el otro es más un peligro o una molestia que una potencia atractiva, donde la prioridad es la gestión con éxito de uno mismo. El ‘no sex’ ilustra el proceso de desocialización y de autoabsorción individualista, no la reviviscencia de los deberes hacia uno mismo. Tras la huella de la relativización del referente libidinal, la dinámica narcisista prosigue su camino para lo mejor y para lo peor. Nos encontramos en una sociedad sin tabú opresivo pero ‘clean’, libre pero apagada, tolerante pero ordenada, virtualmente abierta pero cerrada en el yo.


Gilles Lipovetski, El crepúsculo del deber, 73

dijous, 23 de juny del 2005

Narciso, error de fabricación











GILLES LIPOVETSKY, LA ERA DEL VACÍO (1983)

“La crispación neurótica ha sido sustituida por la flotación narcisista. Imposibilidad de sentir, vacío emotivo”

'¡Si al menos pudiera sentir algo!': Esta fórmula traduce la nueva desesperación que afecta a un número cada vez mayor de personas. Desde hace años, los desórdenes de tipo narcisista constituyen la mayor parte de los trastornos psíquicos tratados por los terapeutas, mientras que las neurosis ‘clásicas’ del siglo XIX, histerias, fobias, obsesiones, sobre las que el psicoanálisis tomó cuerpo, ya no representan la forma predominante de los síntomas. La crispación neurótica ha sido sustituida por la flotación narcisista. Imposibilidad de sentir, vacío emotivo.


Es más: según Lasch los individuos aspiran cada vez más a un desapego emocional, en razón de los riesgos de inestabilidad que sufren en la actualidad las relaciones personales. Tener relaciones interindividuales sin un compromiso profundo, no sentirse vulnerable, desarrollar la propia independencia afectiva, vivir solo, ese sería el perfil de Narciso. El miedo a la decepción, el miedo a las pasiones descontroladas traducen la ‘huida ante el sentimiento’, proceso que se ve tanto en la protección íntima como en la separación que todas las ideologías ‘progresistas’ quieren realizar entre el sexo y el sentimiento.

Al preconizar el cool sex y las relaciones libres, al condenar los celos y la posesividad, se trata de hecho de enfriar el sexo, de expurgarlo de cualquier tensión emocional para llegar a un estado de indiferencia, de desapego, no sólo para protegerse de las decepciones amorosas sino también para protegerse de los propios impulsos que amenazan el equilibrio interior. Fin de la cultura sentimental, fin del happy end, fin del melodrama y nacimiento de una cultura cool en la que cada cual vive en un bunker de indiferencia, a salvo de sus pasiones y las de los otros.


“Narciso sigue aspirando a la intensidad emocional: ‘¿Por qué no puedo yo amar y vibrar?’”

Pero el drama es más profundo que el pretendido desapego cool: hombres y mujeres siguen aspirando a la intensidad emocional de las relaciones privilegiadas (quizá nunca hubo tanta demanda como en estos tiempos de deserción generalizada), pero cuanto más fuerte es la espera, más escaso se hace el milagro fusional y en cualquier caso más breve.


¿Por qué no puedo yo amar y vibrar? Desolación de Narciso, demasiado bien programado en absorción en sí mismo para que pueda afectarle el Otro, para salir de sí mismo, y sin embargo insuficientemente programado ya que todavía desea una relación afectiva.


GILLES LIPOVETSKY, LA ERA DEL VACÍO (1983)






dissabte, 4 de juny del 2005

Como Boris Grushenko


De este peatón
podemos decir que no sabe vivir en directo. Atesora ilusiones, fantasías filosóficas, incluso siente en la piel las yemas de los dedos de las ninfas y los ángeles. Inventa a Dios en su soledad vaporosa y le dice: "hoy no me falles, te necesito", y habla con él con toda la vanidad y la superstición de los hombres débiles, de los fetos que sólo ven media luz, media oscuridad, y un mundo vivo y palpitante de color placenta.


Pero la quimera cristalina se estrella dolorosamente cuando el peatón debe fiarse más del instinto que de la fe. Como un imbécil, como un títere, todo huesos y ojos, se queda plantado en medio del gentío festivo. Reposa en su ridícula sabiduría, seguro de que los espíritus siderales no le van a dejar solo, de que ocurrirá, tarde o temprano, el pequeño milagro nocturno.

Y así pasan las horas del anciano adolescente, del chiquillo inválido que está ahí de brazos cruzados. Viéndolo me recuerda a Woody Allen en el papel de Boris Grushenko. El desdichado ruso está condenado a muerte por el emperador. Un ángel onírico le dice que no sufra, que a última hora, como pasa siempre, el emperador le va a perdonar la vida y volverá a ver su paisaje y su amada, y aquí paz y después gloria. En la oscuridad de la celda, el confiado Boris, lleno de idealismo navideño, aguarda el perdón salvador. No me acuerdo muy bien, pero creo que el emperador lo veía a lo lejos y se desternillaba.


Joan Pau Inarejos, 2005

dimecres, 1 de juny del 2005

Gaudí, sangre negra


Las alusiones zoomorfas, son, en Gaudí, siempre de tipo prehumano y sugieren especies difuntas: enormes monstruos antediluvianos, cuyas carnes han quedado reducidas a espesas masas coriáceas recubiertas de arrugados pellejos, masas momificadas, sin ninguna apariencia de materia 'tierna', crestas y excrecencias escamosas de un materil córneo, reluciente y perlino, montañas transformadas en dragones y dotadas de vida latente, estructuras óseas de dinosaurios aletargados, dentro de cuyas venas petrificadas se halla restañada una sangre negra y densa: como plomo fundido, a cuyo despertar todo arderá y explotará, como al despertar de un volcán.

Y llega un momento en el que la fantasía de Gaudí se convierte en 'evocadora de monstruos' y, arrastrada por una urgencia subconsciente de identificarse con el objeto que está creando, arroja materia informe con su estructura y la hace estallar y recaer sobre sí misma para que yazga, como una bestia enorme, en un enorme lecho de cascajo de lava, cegada por los juegos de pirotecnia que surgen de las cenizas


Lara Vinca Masina, 'Antoni Gaudí', 1970